Siempre tuve la sensación de que aquellas convenciones debían ser una reunión de cincuentones obesos dispuestos a engañar a sus esposas, probablemente con prostitutas pues ellos eran babosos maleducados incapaces de tratar a una mujer con un poco de respeto.
Por lo menos los acompañantes de mi jefe siempre eran catalogables en esta descripción, él no era obeso, y aunque un poco menos maleducado que sus ocasionales acompañantes, siempre me pareció un poco misógino. Éramos pocas mujeres en la oficina, y nunca nos trató igual que al resto de compañeros, solía dirigirse a nosotras como “Nena”, y aunque mis compañeras no soportaban ese apelativo, a mí no me importaba mucho.
La verdad es que desde siempre mi jefe me ha dado mucho morbo, sobre todo cuando se enfada y nos empieza a gritar, me gustaría en esos momentos poder levantarme la camiseta, y como nunca llevo sujetador que se quede sin palabras al ver mis tetitas bamboleantes, seguro que así deja de gritar, je, je.
Sé que yo le doy mucho morbo, soy una zorrita caliente, y me gusta calentar al personal, para que se mueran de ganas de follarme. Y luego abrirme de piernas y que lo hagan, sentir mi coñito ansioso lleno, con una gran polla dentro, sólo así me siento bien.
A mí me gusta que se sepa que estoy dispuesta, que no me cuesta nada quitarme la ropa y exponer todo mi cuerpo al hombre que esté frente a mí, que me gusta ser utilizada, que me gusta que me follen y disfruto como una cerda.
Bueno, volvamos a la convención, que era lo que quería contar. Llegamos al hotel el viernes por la noche, después de cenar por el camino. Nos subimos enseguida a nuestras respectivas habitaciones, después de recoger sendos programas de los eventos.
Sábado, dos conferencias por la mañana, comida en apenas media hora, otras dos conferencias por la tarde, menuda maratón.
La gente allí no era para nada como me esperaba, había muchos hombres jóvenes, y muchas chicas guapas.
Aquella noche, tras la cena, había un cóctel. Me puse uno de mis vestiditos cortos, casi se me verían las bragas, si las llevara, con un escote generoso que deja transparentar mis pezones a través de la tela, como hacía un poco de fresco los llevaba duros y erectos, mi jefe no podía apartar la mirada de mis pechos. En las escasas ocasiones en las que levantó sus ojos a los míos yo los entrecerraba, mientras mordía fuertemente mi labio inferior, en una muda invitación.
Tras aquella cantidad de conferencias no hay muchas ganas de juerga, tampoco hay mucha conversación. Mañana madrugamos mucho, así que la gente marcha a acostarse rápidamente.
Nosotros, tras hablar con los representantes de una empresa hermana también marchamos hacia el ascensor. Él entró delante de mí maleducadamente. Quizá no, ya que era mi jefe, pero eso y su silencio hasta llegar al segundo piso, donde estaba su habitación, me hizo creer que no quería nada conmigo. Llegué a preguntarme si le había asustado con mi actitud provocativa y mi vestido escandaloso.
Al llegar a mi habitación me puse el camisón, también sin nada debajo, y me senté en la cama a leer un rato. No había pasado ni media hora cuando llamaron suavemente a la puerta.
Es mi jefe.
Entra y cierra la puerta.
Empieza a hablar conmigo, de trivialidades.
Estábamos de pie, y me dijo “Siéntate”, mientras se acercaba a mí, haciéndome retroceder hasta el sillón de mi habitación. Me senté en el, él se sentó en la cama, muy cerca de mí.
Entonces me miró a los ojos y me preguntó “¿Follarías conmigo?”, “Me encantaría” contesté. Se acercó hacia mí y me dio un beso húmedo. “Te voy a echar un polvo como en tu vida te han echado, ven a mi habitación dentro de una hora”, también me dice el número de habitación, pero yo no lo necesitaba, cuando nos dieron las habitaciones me bastó oírlo para aprendérmelo.
Se levantó, pero antes de darme tiempo a levantarme dice: “Espera, que quiero ver una cosa”, y acercó su mano a mi camisón y levantándomelo dijo “Lo sabía”, refiriéndose no sé si a la falta de ropa interior o a mi coñito totalmente rasurado, como una buena zorra. Con dos de sus dedos tocó los labios de mi sexo, logrando que este se humedeciera y que yo gimiera.
Después salió de mi habitación y yo pasé esa hora arreglando mis uñas y repasando la rasuración de mi coño, la ocasión lo merecía. Justo antes de bajar me eché crema por todo el cuerpo. Solo con el camisón, la tarjeta de la habitación y las chanclas en la mano salgo por la puerta. No utilicé el ascensor y bajo un piso por la escalera, llegué a su puerta y llamé flojito, con mis uñas.
Abrió enseguida. Sólo llevaba puestos unos pantalones vaqueros, supongo que con ropa interior debajo. Yo dejé la tarjeta encima de mis sandalias en el suelo, y me quedé enfrente de él, soy un poquito más alta. Él me besó, suavemente, recorriendo toda mi boca con su lengua, respirando el aire que sale de mis pulmones.
Con sus manos recorrió mis costados, me bajó los tirantes del camisón, exponiendo así mis pequeños pechos. Los cogió entre sus manos y los chupó, primero el izquierdo y luego el derecho. Se agachó y deslizó mi camisón hasta los tobillos esperando a que moviera mis pies. Al hacerlo, se levantó y me miró, yo estaba completamente desnuda delante de él, mis manos en la parte baja de mi espalda, ofreciéndome lujuriosa.
“¿Qué voy a hacer yo con todo eso?”, dijo mirándome de arriba abajo mientras doblaba mi ropa y la dejaba sobre una silla.
“Túmbate”, dijo mientras señala la cama.
Yo así lo hice, y sonreí pues sabía que en ese preciso momento no se creía lo que está viendo, una zorrita ofreciéndosele ansiosa y viciosa, tumbada en su cama, con el único deseo de ser utilizada. Las piernas abiertas, mi coñito deseando ser llenado, un coño con hambre de polla.
Pero de momento eso tenía que esperar, él se quitó el pantalón y los calzoncillos, que también dejó doblados en la silla. Estaba bastante empalmado, yo pude ver que no tenía un mal aparato, su miembro viril es grande, quizá no tanto como el de algunos de mis amigos, pero no está nada mal.
Se acercó a mí repitiendo “¿Qué voy a hacer yo con todo eso?”, acercó su cabeza a mi pubis.
“¡Oh!, ¡qué coñito tan precioso tienes!”, dijo y rozó mi clítoris con su lengua, lo que me hizo dar un respingo.
“Suavecito”, dijo, “y qué bien sabe”.
Hundió su lengua y su nariz en mi sexo, su mentón, con barba incipiente ya a estas horas de la noche frotaba mi perineo. Me gustó esa sensación al frotarme con él, su aspereza me hizo sentir un gran placer, muevo mis caderas para adecuar el roce a mis deseos. En seguida empecé a sentir las descargas que partían de mi botoncito y en seguida me corrí. Mientras él saboreaba mis jugos, levantó la cabeza y me preguntó “¿te has corrido?”.
Pero yo en vez de contestarle le dije “sigue, por favor”, pues esta sesión de sexo oral me estaba encantando y creía que iba a tener otro orgasmo enseguida. Él volvió a su ocupación y de nuevo mi centro de placer tuvo a su alcance su áspera barbilla, su experta lengua y el roce de su nariz cuando hundía su lengua en mi interior. Volví a moverme, buscando esa nueva oleada de placer que sentía tan cercana.
Paró justo cuando estaba a punto de correrme, haciéndome gemir “no, por favor, sigue”. Él se tumbó encima de mí su sexo sobre el mío, su boca a pocos centímetros de la mía.
“Métetela”, me dijo.
Con mi mano derecha cogí su miembro y lo llevé a la entrada de mi coño, él empujó fuerte, entrándome de improviso, llenando mi agujerito ansioso, haciendo que un gemido de placer se escapara de mi boca, haciéndome sentir completa, como me siento siempre al ser penetrada.
Resultó ser un gran follador, se movió sobre mí de manera que mi clítoris era de nuevo masajeado, de nuevo parecía que me iba a llegar un orgasmo.
“Dime que te gusta, zorra”, me dijo.
“¡Oh, sí!”, dije yo, “me gusta que me folles, me gusta tener tu polla dentro de mi coño de zorrita”.
“¿Qué eres?” me preguntó.
“Una zorrita que necesita ser follada”, dije yo, “con un coñito caliente que necesita ser follado”.
Él siguió moviéndose sabiamente encima de mí.
“Zorra, te voy a follar” Repitió una y otra vez. Yo tuve un segundo orgasmo y se lo dije, bajito al oído, mientras lo saboreaba, no sea que nos oigan.
Él se corre también, dentro de mí.
“¿Era esto lo que querías, guarra?”, me pregunto.
“Sí”, dije yo, pues me encanta que me traten de cerda y de guarra.
“Ahora me la vas a comer” dijo, tumbándose en la cama.
Me incorporé un poco y me arrodillé, notando como su esencia sale de mi interior y resbala entre mis piernas, algo que me enciende y me excita un montón. Acerqué mi boca a su pene, flácido ahora y primero lo limpié con mi lengua, suavemente, mientras le miraba con cara de viciosa.
Luego me lo metí entero en la boca y aspiré un poquito, haciendo el vacío.
Esto le vuelve loco y me agarra del pelo con las dos manos y empieza a mover sus caderas, follándome la boca. “Sí, cerda, sí”, dice mientras su miembro vuelve a crecer dentro de mí, dificultándome la respiración.
“Dime cómo te gusta que te follen”, me ordenó.
“Por detrás, como la perra que soy”, dije.
Me colocó a cuatro patas en la cama y se arrodilló detrás de mí. Entró de nuevo en mí, fuertemente, pillándome desprevenida, haciéndome gemir.
“Sí,” digo, “así me gusta”.
Él siguió moviendo sus caderas, pero no adelante y atrás, sino en círculos y en ochos, chocando su saco escrotal contra mi coñito, logrando de mí un tercer orgasmo.
Cuando él notó que mis sacudidas terminaban, que había pasado la oleada de placer volvió a tumbarme boca arriba y colocándose encima me penetró de nuevo, sin ayuda de sus manos, su miembro ya conocía el camino y mi coñito le recibió ansioso. Continuó cabalgándome más de diez minutos. Diciéndome lo guarra que soy, lo que me gusta calentar a los hombres, lo que me gusta que me follen, que me utilicen, lo que disfruto con una polla en mi coño.
”¡Sí, sí, sí!” decía yo, pues me encantaba.
Terminó, de nuevo se vació dentro de mí, su sudor goteando desde su frente sobre mi cara, disfrutaba al ver su cara, desencajada de placer. “Zorra”, dijo por última vez, y se tumbó a mi lado.
Me puse el camisón y recogí el resto de mis cosas. Salí de su habitación. Cuando llegué a la mía llevaba un reguero que me llegaba casi a la rodilla. No me encontré con nadie por el camino, pero nadie habría dudado, al cruzarse conmigo, que soy una autentica zorra.

