Viaje de negocios

No comprendí por qué mi jefe me eligió a mí para la convención anual, nunca lo había hecho. Aunque llevaba más de diez años en la empresa y era la que más tiempo llevaba en la empresa, desde su creación, siempre se llevaba a algún compañero que pudiera acompañarle en sus juergas.


Siempre tuve la sensación de que aquellas convenciones debían ser una reunión de cincuentones obesos dispuestos a engañar a sus esposas, probablemente con prostitutas pues ellos eran babosos maleducados incapaces de tratar a una mujer con un poco de respeto.


Por lo menos los acompañantes de mi jefe siempre eran catalogables en esta descripción, él no era obeso, y aunque un poco menos maleducado que sus ocasionales acompañantes, siempre me pareció un poco misógino. Éramos pocas mujeres en la oficina, y nunca nos trató igual que al resto de compañeros, solía dirigirse a nosotras como “Nena”, y aunque mis compañeras no soportaban ese apelativo, a mí no me importaba mucho.


La verdad es que desde siempre mi jefe me ha dado mucho morbo, sobre todo cuando se enfada y nos empieza a gritar, me gustaría en esos momentos poder levantarme la camiseta, y como nunca llevo sujetador que se quede sin palabras al ver mis tetitas bamboleantes, seguro que así deja de gritar, je, je.


Sé que yo le doy mucho morbo, soy una zorrita caliente, y me gusta calentar al personal, para que se mueran de ganas de follarme. Y luego abrirme de piernas y que lo hagan, sentir mi coñito ansioso lleno, con una gran polla dentro, sólo así me siento bien.


A mí me gusta que se sepa que estoy dispuesta, que no me cuesta nada quitarme la ropa y exponer todo mi cuerpo al hombre que esté frente a mí, que me gusta ser utilizada, que me gusta que me follen y disfruto como una cerda.


Bueno, volvamos a la convención, que era lo que quería contar. Llegamos al hotel el viernes por la noche, después de cenar por el camino. Nos subimos enseguida a nuestras respectivas habitaciones, después de recoger sendos programas de los eventos.


Sábado, dos conferencias por la mañana, comida en apenas media hora, otras dos conferencias por la tarde, menuda maratón.


La gente allí no era para nada como me esperaba, había muchos hombres jóvenes, y muchas chicas guapas.


Aquella noche, tras la cena, había un cóctel. Me puse uno de mis vestiditos cortos, casi se me verían las bragas, si las llevara, con un escote generoso que deja transparentar mis pezones a través de la tela, como hacía un poco de fresco los llevaba duros y erectos, mi jefe no podía apartar la mirada de mis pechos. En las escasas ocasiones en las que levantó sus ojos a los míos yo los entrecerraba, mientras mordía fuertemente mi labio inferior, en una muda invitación.


Tras aquella cantidad de conferencias no hay muchas ganas de juerga, tampoco hay mucha conversación. Mañana madrugamos mucho, así que la gente marcha a acostarse rápidamente.


Nosotros, tras hablar con los representantes de una empresa hermana también marchamos hacia el ascensor. Él entró delante de mí maleducadamente. Quizá no, ya que era mi jefe, pero eso y su silencio hasta llegar al segundo piso, donde estaba su habitación, me hizo creer que no quería nada conmigo. Llegué a preguntarme si le había asustado con mi actitud provocativa y mi vestido escandaloso.


Al llegar a mi habitación me puse el camisón, también sin nada debajo, y me senté en la cama a leer un rato. No había pasado ni media hora cuando llamaron suavemente a la puerta.


Es mi jefe.


Entra y cierra la puerta.


Empieza a hablar conmigo, de trivialidades.


Estábamos de pie, y me dijo “Siéntate”, mientras se acercaba a mí, haciéndome retroceder hasta el sillón de mi habitación. Me senté en el, él se sentó en la cama, muy cerca de mí.


Entonces me miró a los ojos y me preguntó “¿Follarías conmigo?”, “Me encantaría” contesté. Se acercó hacia mí y me dio un beso húmedo. “Te voy a echar un polvo como en tu vida te han echado, ven a mi habitación dentro de una hora”, también me dice el número de habitación, pero yo no lo necesitaba, cuando nos dieron las habitaciones me bastó oírlo para aprendérmelo.


Se levantó, pero antes de darme tiempo a levantarme dice: “Espera, que quiero ver una cosa”, y acercó su mano a mi camisón y levantándomelo dijo “Lo sabía”, refiriéndose no sé si a la falta de ropa interior o a mi coñito totalmente rasurado, como una buena zorra. Con dos de sus dedos tocó los labios de mi sexo, logrando que este se humedeciera y que yo gimiera.


Después salió de mi habitación y yo pasé esa hora arreglando mis uñas y repasando la rasuración de mi coño, la ocasión lo merecía. Justo antes de bajar me eché crema por todo el cuerpo. Solo con el camisón, la tarjeta de la habitación y las chanclas en la mano salgo por la puerta. No utilicé el ascensor y bajo un piso por la escalera, llegué a su puerta y llamé flojito, con mis uñas.


Abrió enseguida. Sólo llevaba puestos unos pantalones vaqueros, supongo que con ropa interior debajo. Yo dejé la tarjeta encima de mis sandalias en el suelo, y me quedé enfrente de él, soy un poquito más alta. Él me besó, suavemente, recorriendo toda mi boca con su lengua, respirando el aire que sale de mis pulmones.


Con sus manos recorrió mis costados, me bajó los tirantes del camisón, exponiendo así mis pequeños pechos. Los cogió entre sus manos y los chupó, primero el izquierdo y luego el derecho. Se agachó y deslizó mi camisón hasta los tobillos esperando a que moviera mis pies. Al hacerlo, se levantó y me miró, yo estaba completamente desnuda delante de él, mis manos en la parte baja de mi espalda, ofreciéndome lujuriosa.


“¿Qué voy a hacer yo con todo eso?”, dijo mirándome de arriba abajo mientras doblaba mi ropa y la dejaba sobre una silla.


“Túmbate”, dijo mientras señala la cama.


Yo así lo hice, y sonreí pues sabía que en ese preciso momento no se creía lo que está viendo, una zorrita ofreciéndosele ansiosa y viciosa, tumbada en su cama, con el único deseo de ser utilizada. Las piernas abiertas, mi coñito deseando ser llenado, un coño con hambre de polla.


Pero de momento eso tenía que esperar, él se quitó el pantalón y los calzoncillos, que también dejó doblados en la silla. Estaba bastante empalmado, yo pude ver que no tenía un mal aparato, su miembro viril es grande, quizá no tanto como el de algunos de mis amigos, pero no está nada mal.


Se acercó a mí repitiendo “¿Qué voy a hacer yo con todo eso?”, acercó su cabeza a mi pubis.


“¡Oh!, ¡qué coñito tan precioso tienes!”, dijo y rozó mi clítoris con su lengua, lo que me hizo dar un respingo.


“Suavecito”, dijo, “y qué bien sabe”.


Hundió su lengua y su nariz en mi sexo, su mentón, con barba incipiente ya a estas horas de la noche frotaba mi perineo. Me gustó esa sensación al frotarme con él, su aspereza me hizo sentir un gran placer, muevo mis caderas para adecuar el roce a mis deseos. En seguida empecé a sentir las descargas que partían de mi botoncito y en seguida me corrí. Mientras él saboreaba mis jugos, levantó la cabeza y me preguntó “¿te has corrido?”.


Pero yo en vez de contestarle le dije “sigue, por favor”, pues esta sesión de sexo oral me estaba encantando y creía que iba a tener otro orgasmo enseguida. Él volvió a su ocupación y de nuevo mi centro de placer tuvo a su alcance su áspera barbilla, su experta lengua y el roce de su nariz cuando hundía su lengua en mi interior. Volví a moverme, buscando esa nueva oleada de placer que sentía tan cercana.

Paró justo cuando estaba a punto de correrme, haciéndome gemir “no, por favor, sigue”. Él se tumbó encima de mí su sexo sobre el mío, su boca a pocos centímetros de la mía.


“Métetela”, me dijo.


Con mi mano derecha cogí su miembro y lo llevé a la entrada de mi coño, él empujó fuerte, entrándome de improviso, llenando mi agujerito ansioso, haciendo que un gemido de placer se escapara de mi boca, haciéndome sentir completa, como me siento siempre al ser penetrada.


Resultó ser un gran follador, se movió sobre mí de manera que mi clítoris era de nuevo masajeado, de nuevo parecía que me iba a llegar un orgasmo.


“Dime que te gusta, zorra”, me dijo.


“¡Oh, sí!”, dije yo, “me gusta que me folles, me gusta tener tu polla dentro de mi coño de zorrita”.


“¿Qué eres?” me preguntó.


“Una zorrita que necesita ser follada”, dije yo, “con un coñito caliente que necesita ser follado”.


Él siguió moviéndose sabiamente encima de mí.

“Zorra, te voy a follar” Repitió una y otra vez. Yo tuve un segundo orgasmo y se lo dije, bajito al oído, mientras lo saboreaba, no sea que nos oigan.


Él se corre también, dentro de mí.


“¿Era esto lo que querías, guarra?”, me pregunto.


“Sí”, dije yo, pues me encanta que me traten de cerda y de guarra.


“Ahora me la vas a comer” dijo, tumbándose en la cama.


Me incorporé un poco y me arrodillé, notando como su esencia sale de mi interior y resbala entre mis piernas, algo que me enciende y me excita un montón. Acerqué mi boca a su pene, flácido ahora y primero lo limpié con mi lengua, suavemente, mientras le miraba con cara de viciosa.


Luego me lo metí entero en la boca y aspiré un poquito, haciendo el vacío.


Esto le vuelve loco y me agarra del pelo con las dos manos y empieza a mover sus caderas, follándome la boca. “Sí, cerda, sí”, dice mientras su miembro vuelve a crecer dentro de mí, dificultándome la respiración.


“Dime cómo te gusta que te follen”, me ordenó.


“Por detrás, como la perra que soy”, dije.


Me colocó a cuatro patas en la cama y se arrodilló detrás de mí. Entró de nuevo en mí, fuertemente, pillándome desprevenida, haciéndome gemir.


“Sí,” digo, “así me gusta”.


Él siguió moviendo sus caderas, pero no adelante y atrás, sino en círculos y en ochos, chocando su saco escrotal contra mi coñito, logrando de mí un tercer orgasmo.


Cuando él notó que mis sacudidas terminaban, que había pasado la oleada de placer volvió a tumbarme boca arriba y colocándose encima me penetró de nuevo, sin ayuda de sus manos, su miembro ya conocía el camino y mi coñito le recibió ansioso. Continuó cabalgándome más de diez minutos. Diciéndome lo guarra que soy, lo que me gusta calentar a los hombres, lo que me gusta que me follen, que me utilicen, lo que disfruto con una polla en mi coño.


”¡Sí, sí, sí!” decía yo, pues me encantaba.


Terminó, de nuevo se vació dentro de mí, su sudor goteando desde su frente sobre mi cara, disfrutaba al ver su cara, desencajada de placer. “Zorra”, dijo por última vez, y se tumbó a mi lado.

Me puse el camisón y recogí el resto de mis cosas. Salí de su habitación. Cuando llegué a la mía llevaba un reguero que me llegaba casi a la rodilla. No me encontré con nadie por el camino, pero nadie habría dudado, al cruzarse conmigo, que soy una autentica zorra.

Empezamos otra vez

Aquella noche él se sentó en el sillón para ver la película, mientras yo me echaba en la cama junto a él. Nos cogimos de la mano, pero enseguida se quedó dormido.

Al terminar la película me bajé de la cama y me deshice de la camiseta que llevaba puesta, no así de mis pantaloncitos ya que sabía que le gustaban, porque eran tan pequeños que se me veía la mitad de los cachetes.

Me arrodillé entre sus piernas y le bajé un poco el calzoncillo, lo único que llevaba puesto. Saqué su miembro y me entretuve en observarlo, inerte, encogido, diminuto. Pero no fue así por mucho tiempo. Me imagino que aquel ciclope carnoso debía de intuir algo, comenzaba a despertarse y a crecer en mi mano aunque él seguía durmiendo.

No pude evitar relamerme ante la posibilidad que se abría ante mí, disfrutar de la dureza de aquel falo, de su calidez en mi boca, de la suavidad de su piel en mis labios, de la tersura de su glande en mi lengua y de aquella golosina que tanto me gustaba. Sé que deben ser las feromonas, pero su olor y su sabor me encantan. La boca se me hacía agua mientras acercaba la cabeza de su glande y la apoyaba en mis labios cerrados. Cuando sentí como latía en mis labios fue la punta de mi lengua la que salió al encuentro de aquella masa de carne, cada vez mas grande, mas hinchada, mas dura.

La introduje en mi boca entera, lentamente, sintiendo cada vena, cada protuberancia de su tallo en mis labios, sintiendo como su miembro queria llegar hasta mi garganta, como llenaba mi boca y me obligaba a abrir cada vez mas mis mandibulas. Empecé a chuparla, despacito como a él le gusta, y me decidí a levantar la mirada, como él me obliga a hacer cada vez que me permite saborearlo y allí estaban sus ojos azules clavados en mí, ya se había despertado, su sonrisa socarrona no hacia sino aumentar mi deseo, mis ganas de devorarlo, de saborearlo, de tragarmelo.

Mi boca acogía su hombría, que comenzaba a crecer. Yo introducía su miembro en mi boca, aspirando un poquito para hacer el vacío, notaba su glande contra el fondo de mi paladar. Él empezó a excitarse más y su polla continuaba creciendo en mí, haciendo que cada vez fuera más difícil acogerle entero. Llevó sus manos a mi cabeza, empujándome hacia él, haciéndome sentirle en mi garganta.
-“Chúpala entera, dejala bien mojada de tu saliva”, me dijo. “Que te voy a follar ahora mismo”.
Así lo hice, pasé mi lengua por toda su polla, llenandola de una abundante capa de saliva, no iba a ser necesaria, pues mi coñito estaba ya chorreante ante la perspectiva de un ataque suyo. Notaba como mis pantaloncitos empezaban a pegarse a mi sexo a causa de la humedad que este destilaba, preparandose para acogerle, para permitirle que entrara mejor.

Me quité los pantalones y me senté sobre él, de espaldas. Mientras él encaraba su glande hacia la entrada de mi coñito, yo me mantenía a pulso sobre los reposabrazos, quería hacerle desearme igual que él me hacia a mí. Sentí su polla apoyada contra los labios de mi sexo, sentí sus temblores ante la acometida que se avecinaba, sentí como su cuerpo protestaba ante la demostración de autocontrol que estaba llevando a cabo, pues no queria perder ni una sola vez su papel de dominador.

En cuanto se introdujo un poco su enorme pene, me agarró por la cintura y tiró de mí hacia abajo, con fuerza, haciendo que yo misma me penetrara salvajemente.

Un gemido placentero acompaño la descarga electrica que aquella brusquedad había hecho subir por mi espalda. Comencé a cabalgarle lentamente. Él llevó sus fuertes manos a mis pechos y empezó a pellizcarme los pezones, fuertemente, como me gusta que lo hagan, retorciéndolos, estirándolos, apretándolos. Sus caderas comenzaron a moverse y con rápidos movimientos me hacía botar encima suyo.

Noté como llegaba mi primer orgasmo, que me hizo gritar de placer.

Él me agarró del pelo, tirando de mi coleta hacia atrás, forzando mis postura y no dejando que me moviera para poder disfrutar de los ultimos estertores de mi orgasmo. Acercó su boca a mi oído para decirme: “Tócate, zorrita. Quiero que te corras otra vez”.

Cambié un poco mi postura, doblando mis rodillas, introduciendo mis pies entre sus piernas y el sillón. Llevé mi mano derecha a mi clítoris y comencé a frotarme. Metió sus manos por debajo de mis axilas y volvió a estrujarme los pechos, a pellizcar mis pezones, mientras sus dientes se dibujaban en mi hombro, marcando mi placer. “Córrete”, me dijo. Levanté mi brazo izquierdo, llevándolo a su cuello. “Sí, sí”, comencé a decir entre suspiros al acercarse mi segundo orgasmo. “¡Sí, me corro!”, grité a la vez que él mordía mi otro hombro, llegando incluso a rasgar mi piel con sus dientes.

Me cogió de la cintura, clavando sus fuertes dedos en mis costados, me empujó hacia delante, dejándome tumbada sobre sus piernas.

En aquel momento se salió de mí y se corrió sobre mi culo. Sentia cada uno de sus bombeos, podia notar como mi piel era impregnada su cálido y viscoso esperma, dibujando sobre mi piel cinco lineas de liquido blanco.

Pero no había acabado. Seguía empalmado, así que comenzó a jugar con su esperma en mi ano, dejandolo bien mojado de él. Primero fue un dedo el que se introdujo y comenzo a jugar dibujando pequeños circulos cada vez mas grandes. Salió un momento y cuando volvió a introducirse ya eran dos dedos los que me penetraban por detrás, ayudados por la lubricación de sus jugos.

Apoyé mis pies sobre sus muslos, mis manos volvieron a sujetar mi peso sobre los reposabrazos, pues deseaba con ansia lo que estaba por llegar. Apuntó su polla en mi esfínter anal y comenzó a empujar, presionando la entrada, buscando hundirse en mis entrañas y yo fui ayudándole a entrar en ese estrecho agujero, dejandome caer suavemente en aquella polla que me empalaba sin remision.

Poco a poco.

Un par de lágrimas rodaron por mis mejillas, mezcla de dolor y placer. Entró hasta el final, mi esfínter abrazaba con fuerza aquella gran hombría. Notaba su pubis contra mi piel y mis brazos dejaron de sostenerme. Era mucho más de cuanto podía soportar, mi cuerpo temblaba a cada nuevo movimiento de su miembro dentro de mí, ante cada respiración de su pecho que hacía que penetrara más en mí, estaba derrotada, vencida, entregada por completo a aquel hombre que no dejaba de martillearme el culo con aquella polla dura y ardiente.

Aquel orgasmo me dejó tumbada encima suyo, desfallecida, sólo tenía fuerzas para gemir de placer, disfrutando de cada empellón que él seguía dando, con la espalda arqueada, mis pies todavía sobre sus muslos, mientras él me follaba el culito, con suaves movimientos de sus caderas.

Una de sus manos empezó a pellizcarme un pezón, con fuerza, a retorcérmelo salvajemente, como sólo le permito a él hacerme. La otra bajó hacia mi clítoris. Yo la sujeté y la utilicé para masturbarme, como si de uno de mis consoladores se tratara, la usaba para frotarme como a mí me gusta.

Noté como me llegaba otro orgasmo. Grité al correrme, mi cuerpo se desmadejó y mis piernas se abrieron aún más. Solté su mano y él introdujo dos de sus dedos en mi húmedo coñito. Después introdujo un tercero, y por último el cuarto, mientras con su pulgar me frotaba el clítoris. Pensé que me iba a partir en dos, mi coño y mi culo llenos de él. Llevé mis manos a mis pechos, pellizcándome yo misma los pezones.
-“Qué estrechito, qué rico”, decía él entre gemidos. “Lléname la boca, también”, dije yo. Él metió cuatro dedos de su otra mano en mi ansiosa boca, mientras con el pulgar en mi mejilla me hizo torcer la cabeza para morder mi oreja.
-“Córrete, córrete”, me ordeno con mi oreja aún entre sus dientes.

Yo no podía hablar, mi boca llena de él, mi coño lleno de él, mi culito lleno de él. Él llenaba todos mis orificios. Comenzó a moverse más rápido, haciendo que de nuevo botara sobre él. Su mano derecha follándome el coño, su pulgar frotando mi botón de placer, su polla entrando y saliendo de mi ano.
Y volví a correrme, y a gritar, y a gemir, y a temblar, y a desfallecer en su deseo, mientras mis dedos seguían estirando mis pezones hacia delante, fuerte, muy fuerte.

Él volvió a correrse también, dentro de mí, llenándome el culito de él, notaba como esperma llenaba mi recto, calentando mis entrañas, mientras con sus últimos movimientos terminaba de vaciarse dentro de mí. Su hombría decreció, pero mi esfínter no dejo que me abandonara, no quería dejar de sentirlo allí dentro, de saberme suya, de sentirme llena.

Sacó su mano de mi coñito, un poco dolorido por aquella intromisión, pero satisfecho. Cambió la mano de mi boca, para que lamiera mis propios jugos de sus dedos. Mientras él lamía mi sangre del hombro y me daba dulces besos en la herida.

Me quedé tumbada sobre él, destrozada y complacida, con su ahora flácido miembro todavía dentro de mí. Él me rodeó con sus fuertes brazos.
Apenas habían pasado un par de minutos cuando sus caderas comenzaron a moverse, arriba y abajo, suavemente. Noté como su miembro volvía a crecer todavía dentro de mí culito.

Empezamos otra vez, pensé.

El genio de la taza. Taxin.


Aquí tenéis una nueva colaboración en este blog. Taxin, muchísimas gracias por compartir con nosotros este relato, espero no tardar en volver a leerte.

El día por fin se acaba, largo, tedioso, monótono, y para colmo de males la climatología me retraía a mis tiempos de estudiante en Devonshire, vamos un autentico coñazo.

No podía por menos que depositar mis esperanzas de algo diferente en aquel encuentro. Allí de pie, apoyado distraídamente sobre la barra de aquel bar estaba Javier. Hacia tiempo que no nos veíamos y casi no me lo podía creer cuando concertó aquella cita conmigo. Rauda y veloz acudí a verle de nuevo con esperanzas, quien sabe si buenas o malas, de algo nuevo, de algo diferente, de algo que guardar en mi memoria.

Cuando pedimos las consumiciones su mano ya paseaba distraída por mi espalda, mi faz reflejaba esa sonrisilla de niña buena que sabe que está a punto de cometer una travesura. Y sus ojos no hacían mas que demostrar el deseo acumulado dentro de él. Me imagino que fueron los nervios, unidos a la cerveza los que hicieron que mis pasos se dirigieran hacia el excusado, para atender a una urgencia física y no precisamente la que yo deseaba.

Entré en el baño y dejé en un rincón la mochila, el abrigo, en fin, los bultos. Al incorporarme de nuevo, me encontré frente a mí a un hombre corpulento que juntando las palmas de las manos se inclinaba en un saludo reverencial.

- Soy el genio de la taza, ¿qué deseáis? – dijo con total calma y parsimonia.

- Hacer pis, ¡no te jode!. Y a ser posible, a solas. Déjame en paz que no tengo el coño para farolillos. – Conteste sin pensar.

Frases como estas se agolpaban en mi cabeza, pero no llegue a pronunciarlas. Con un movimiento repentino pero suave y delicado, me rodeo con sus robustos brazos, depositando dulcemente una de sus manos en mi nuca, haciendo que mi cabeza descansara sobre aquel pecho de piedra, de una piedra calida y acogedora, que hacia flaquear mis fuerzas y mis ganas de resistirme. El calor de su abrazo, su boca junto a mi oído chistándome dulcemente, iban diluyendo mi enfado y mi melancolía.

El berrinche se trocó en llanto y con la cabeza apoyada en su pecho, cada lágrima, cada hipido va arrancando mi frustración, mi cansancio.

Él mantiene su abrazo. Siento que podría dejar caer mi peso sobre él, pues no le supondría ningún esfuerzo sujetarme. De vez en cuando, con una caricia seca mis lágrimas y besa mis mejillas.

Curada de mis heridas, con el humor recuperado, siento que una corriente atraviesa mi cuerpo. Su mano se ha ido abriendo camino entre mi ropa, aprovechando el embelesamiento de sus mimos, y ahora mismo acaricia mi clítoris con un ritmo frenético. Su dedo índice martillea mi botoncito febrilmente y mi cuerpo empieza a despertar de su letargo, para encontrarse en un estado de excitación imprevisto. Siento como mi entrepierna comienza a arder, como mi sexo se funde y poco a poco va mojando mis labios y humedeciendo la cara interna de mis muslos.

Ya no lloriqueo.

Mi boca se encuentra ahora ocupada en no dejar escapar uno solo de los gemidos que están asomando a mi garganta. Cada nuevo movimiento de la yema de su dedo se traduce en un ligero temblor que atraviesa mi cuerpo y desciende por mis piernas, haciendo flojear mis rodillas, al tiempo que me obliga a cerrar con más fuerza mi mandíbula y no dejar que se escape un gemido placentero y profundo.

Debería corresponderle, pensé. Pero no lo hice. Me debatía entre el deseo de quedarme a disfrutar y el de huir porque no podía soportar mas aquel juego, Un orgasmo estaba ya a las puertas, llamando insistentemente, al ritmo que su mano se movía sobre mi sexo.

De repente, la mano que acaricia mi nuca, se crispa y cogiéndose a un mechón de mi cabello, con un movimiento enérgico y brusco, me coloca de cara a la pared. Noto su peso en mi espalda, su cuerpo rocoso me aprisiona, sin dejarme mover. Su otra mano tira hacia abajo de mis pantalones, arrastrando también mi ropa interior, la gravedad hace el resto y mi vestimenta adorna mis tobillos.

Un pene duro y enorme irrumpe desde atrás, paseándose desde la entrada de mi vagina hasta mi henchido clítoris. Me muerdo el labio inferior para no gritar de gusto, para no chillarle que me posea de una vez, que me haga suya, que irrumpa en mí.

Al volver, burla mi resistencia y me penetra. De un solo empellón esta dentro de mi. Su sexo, ardiente como la lava, se abre camino en mis entrañas sin miramientos. Dejándome sentir como mi chochito recibe gustoso toda aquella carne de hombre, húmedo de placer, abrasado por el deseo, ansioso de ser disfrutado. Un quejido se escapa entre mis dientes, mis ojos se cierran para concentrar así mis sentidos en aquel trozo de cielo que entra en mí, abriéndome en dos.

Comienza a moverse espasmódicamente. Cada nuevo empujón me transporta un poco mas allá, con sus embestidas rápidas y profundas, marcando el ritmo de aquel escarceo únicamente con sus caderas, gracias a Dios parece que no tiene suficiente con follarme, quiere poseerme.

Necesito que me haga suya.

Una de mis manos impide que me golpee contra la pared, merced a la violencia de sus acometidas, la otra acalla mis gemidos. Sus embestidas son cada vez más fuertes, cada vez más profundas, cada vez más salvajes.

Se oyen voces fuera, pero él no cesa y yo, yo las escucho como se escucha esa lluvia que nos habla del frió que hace fuera y nos reconforta por el calor que disfrutamos dentro. Mi mente se agolpa con imágenes de puertas abriéndose y gente mirando como aquel hombre me penetra sin compasión, mi excitación aumenta, mi sexo se contrae para sentir mas aun la caricia que su falo me esta dispensando.

Todo termina de golpe. Un temblor recorre mi columna y me obliga a chillar, no puedo contenerlo. Sentir los espasmos de mi sexo, abrazando fuertemente su pene, al tiempo que él se derrama en mí, abrasando mi sexo con su esperma, llenándome de su esencia, haciéndome suya, es demasiado para mi nivel de autocontrol. El cuarto de baño se empequeñece al ritmo de mi respiración, me falta el aire, las fuerzas y las ganas de comportarme.

Chillo, berreo, gimo, tiemblo.

Me cojo al lavabo para no dejarme caer. Mis piernas no responden, apenas pueden sujetarme.

Me abraza, me besa, y con toda naturalidad, se viste y se va.

Yo hago lo mismo y al salir no hay nadie. ¡Uf!, ¡qué alivio!, ¿de quién serian esas voces?, ¡bah!, ¡qué más da!.

Que día más maravilloso, la tarde esta siendo increíble y la noche promete.

Un angel al piano. Tarantula.

Estimados lectores, despues de algun tiempo de inactividad, ajena a mi causa, volvemos a poner en marcha este rincon de lectura.

Y como re-inaguración del mismo, aqui dejo el testimonio de una de nuestras lectores que ha tenido a bien deleitarnos con una de sus mejores experiencias.


Un abrazo y un besazo a todos.


Era la segunda vez que quedaba con Noemí , la razón de mi vida, la mujer que había hecho que mis días fueran un regalo y de la cual me había enamorado locamente.

Habíamos quedado en su casa. Sus padres se habían ido a pasar el fin de semana fuera y ella me invito a pasar el fin de semana en su casa, a lo cual dije que sí sin dudar ni un segundo, ante mí se abría un fin de semana de amplias posibilidades, de sueños, de fantasías y sensualidad.

Me vestí, preparé una mini mochila con cuatro trapos, cogí las llaves de mi coche y me encaminé a casa de Noemí.

No tardé mucho en llegar, toque a su puerta y en pocos segundos me abrió la puerta. Frente a mí apareció ella, rubia, alta, con esos ojos verdes que buceaban en mi alma y se encargaban de romper la poca resistencia que pudiera quedar dentro de mí. Tan preciosa, tan despampanante, tan radiante, tan atractiva y con esa mirada tan seductora que me volvía loca cada vez que me miraba y que despertaba en mí mil y una sensaciones.

Como buena anfitriona me enseñó toda su casa hasta llegar al salón, donde tenía un enorme y precioso piano negro el cual estaba deseando de conocer ya que ella me había hablado muchísimo de lo que le gustaba tocar el piano y de lo mucho que le gustaría tocar para mí.

Le pedí que si por favor me podía deleitar tocando el piano para mí, como me había prometido, a lo cual respondió encantadísima, que sí.

Se dirigió hacia el piano, se sentó, se colocó y comenzó a entonar sus primeras notas. Poco a poco, estas empiezan a envolverme. Me siento a su lado, observo sus manos, sus gestos, como disfruta tocando para mí. Nos miramos y nos fundimos en un beso. Un beso dulce, sensual, apasionado, un beso que hace que se me estremezca el cuerpo cada vez que lo recuerdo. Nuestros labios saboreaban cada caricia, haciendo que nuestros pechos se llenaran de aire, mis ojos cerrados dibujaban en mi mente la imagen de dos mujeres entregadas a un beso sin fin, mientras mis manos reposaban sobre mi regazo en un intento de no romper aquella melodía y ella continuaba tocando, deslizando graciosamente sus dedos por el teclado de aquel piano.

No dejó de tocar en ningún momento, mientras duró aquel beso, que aun hoy calienta mis labios cuando escucho aquella melodía.

Me pidió que me sentara detrás de ella, quería tenerme cerca de ella, sentir en su nuca mi respiración mientras ella seguía tocando. Se colocó lo mas adelante que pudo en el banco, para que yo pudiera sentarme detrás. No había apenas sitio para las dos, así que Noemí encajó sus nalgas entre mis piernas, recuerdo que encajaban perfectamente. Yo la abracé por detrás y comencé a acariciar sus senos por encima de la ropa. Sus pezones respondieron de inmediato, a través de la tela los notaba henchidos y al roce de la yemas de mis dedos unos pequeños temblores delataban que mis atenciones provocaban en ella una tormenta de sensaciones.

Le levanté la camiseta y le desabroche el sostén. No pude evitar que mi respiración al sentir su piel tan femenina y tan suave al otro extremo de mi epidermis, se fuese agitando.

Noté como ella se extremecía al sentir mi respiración en su nuca.

Aparté su preciosa melena rubia hacia un lado y empecé a pasar la punta de mi lengua por su nuca, recorriendo después su cuello, observando como se erizaba su piel.

Le pedí que siguiera tocando y comencé a llenar de mordisquitos su cuello mientras mis manos acariciaban fuertemente sus pechos. Comenzó a errar en sus notas.

Deslice mis manos hasta sus muslos y empece a acariciarlos. Mi mano derecha se deslizó entre sus piernas y noté todo su calor, estaba húmeda, empapada por el placer que yo le estaba haciendo sentir con cada una de mis caricias, lo cual a mí me encendía cada vez más y más.

Recorrí su espalda con mi lengua mientras seguía acariciándole su sexo con mi mano. De repente ella se levantó, se giró buscando mi boca con su lengua mientras me tomaba las nalgas con ambas manos acariciándolas.

A veces posaba sus dos manos en mis glúteos y otras una de ellas recorría mis caderas hasta mi entrepierna, apretándose contra mi sexo, presionándolo como si quisiera levantarme por el aire, cosa que casi logra.

Me llevó a su cuarto, al tiempo que iba deshaciéndose de mi ropa, siempre abrazada a mí mientras me tocaba todo el cuerpo, sus manos recorrían todo mi cuerpo sin orden ni concierto, buscando cada uno de mis puntos sensibles, aumentando mi excitación y las ganas que tenia de disfrutar con ella, de su cuerpo, de su mente, de su alma.

Ya no me besaba sino que me lamía la cara, el cuello, los pechos, todo lo que su lengua encontraba al recorrer mi piel desnuda. Me tiró sobre la cama, terminó de quitarse la ropa hasta quedarse totalmente desnuda frente a mí. Empezó a besarme desde el cuello hasta el pecho, mientras mi mano jugaba en ese lugar que yo había descubierto que al estimular hacia que se desmoronara en una catarata de placer.

Noemí apretaba mis pechos como si quisiera juntarlos y empezó a lamer mis pezones de una manera frenética, haciendo que mi espalda se arqueara buscando un mayor contacto de la piel tensa de mis aureolas con su lengua.

Los lamía en círculos recorriendo la aureola y dándome pequeños mordiscos en los pezones que parecían querer salirse de su sitio. Ella tenia pequeñas convulsiones entre sus piernas, estaba tremendamente mojada y bañada en sudor del calor que hacia y del calor que transmitían nuestros cuerpos unidos.

Dejó de chuparme los pechos y fue con su lengua lamiéndome la barriga, el ombligo y empezó a darme besos sobre el tanguita blanco que llevaba puesto, el cual retiraba poco a poco para poder jugar con su lengua, recorriéndome el sexo. Mi corazón latía a mil por hora y sentía como me golpeaba el pecho. Mi sexo estaba empapado y sin saber como, ya había tenido dos orgasmos. Noemí lo noto rápidamente, pues sintió perfectamente en la punta de su lengua como latía mi sexo, lo cual la excito muchísimo, ya que cuando mi mano volvió a enterrarse entre sus piernas y alcanzo su sexo su clítoris estaba hinchado y toda ella estaba a punto de caramelo para poder descargarse en el orgasmo brutal que por los movimientos de sus caderas se hallaba en las puertas.

Me puse de rodillas al borde de la cama, levante sus piernas arqueando sus rodillas, dejando sus piernas alrededor de mi cabeza y empece a lamerle los muslos. Fui recorriendo con mi lengua la tersa y cálida piel de sus muslos hasta su sexo.

Podía ver como sus jugos resbalaban por su sexo dirigiéndose hacia su ano, dejando un charco en la cama, lo cual hacía que mi deseo aumentara, incendiando mi mente, quemando mi alma y deseando solamente hacerla disfrutar, seguir dando placer a mi pequeña princesa, subirla hasta el cielo como se merece un Ángel.

Con mi mano izquierda separe sus labios vaginales para poder llegar a los pequeños labios que recubrían su clítoris y empece a darle pequeños toques con la punta de la lengua, Noemí daba pequeños saltitos a cada roce de mi lengua.

Bese su boca para relajarla un poquito, necesitaba que se tranquilizara para disfrutar de cada segundo de mi intención de llevarla hasta el éxtasis.

Tomé de nuevo su clítoris con el labio inferior de mi boca, mientras con la lengua lo levantaba y lo acariciaba, lo tenía aprisionado. Sentí su primer pequeño orgasmo, seguidamente tome su clítoris entre mis labios, lo apreté, lo mordí y de forma frenética comencé a mover mi lengua de izquierda a derecha a gran velocidad. Noemí se retorcía en la cama, sentí como su vientre se hinchaba y su vagina convulsionaba de la excitación que estaba sintiendo, pero yo no dejaba de jugar con mi lengua.

Me encantaba sentir sus temblores y convulsiones. Nuevamente otro orgasmo invadió su cuerpo, que me llenó de placer sintiendo el mismo placer que ella. Alucinante!!

El calor era insoportable, la sabana estaba empapada de nuestro sudor y de nuestros jugos. Así que Noemí decidió que me pusiera de rodillas, mirando hacia la pared. Ella se acostó en la cama boca arriba y deslizo su cabeza entre mis piernas, me agarró de la cintura y me dijo que bajara mi sexo hasta su boca. Me aprisionó el clítoris entre los labios y empezó a jugar con su lengua.

Esta vez me tenía agarrada de las nalgas y tiraba hacia los costados separandolas, lo que me producía un fuerte dolor, pero gustoso. Sentí como un dedo de su mano acariciaba en círculos mi ano como si quisiera meterme el dedo pero sin hacerlo. Aprovechando que mis jugos habían mojado mi ano, dejando allanando el camino.

Me tenía aprisionada, cada orgasmo que me asaltaba,que me hacia gritar desde el fondo de mi pecho, que me arrancaba cuanto quedaba de mi persona sin ser de ella, hacía que Noemí me sujetara con mas fuerza, para que no pudiera evitar que lamiera mi sexo endiabladamente rápido, buscando un orgasmo más, hacerme más suya aun, derrotarme totalmente y hacerme saber, sentir, pensar y desear ser solo suya.

No tarde en sentir el orgasmo más increíble que jamás había invadido mi cuerpo. Mi columna transportaba una corriente eléctrica desde la base de mi cerebro que quemaba cada una de mis terminaciones nerviosas. Sentía como mi cuerpo iba tensándose a su paso. Mi ser se iba deshaciendo, licuándose junto con los jugos de mi ser que Noemí recogía y degustaba, llenándose de mí, apoderándose de mí. Mi ángel del piano había conseguido subirme al cielo con ella.

Extasiadas de tanto placer, nos abrazamos fuertemente hasta caer completamente rendidas al sueño.

Noemí ha marcado toda mi vida, ha sido el amor de mi vida y lo sera siempre. Esta es una de las historias que he vivido con ella y quería compartirla con vosotros.

Espero que os haya gustado.