
No reparo en su presencia, venia enfrascada en sus pensamientos y no se dio cuenta de aquel hombre que parecía estar limpiando el maletero de su todoterreno. No había advertido que aquel hombre no dejaba de vigilarla ayudado por el espejo retrovisor del coche, ni de que no estaba limpiando el coche.
Estaba esperándola a ella.
Cuando llego a su altura con un rápido movimiento le tapo la boca y la nariz con un trapo impregnado de cloroformo. Sus fuerzas fallaron, su mundo cada vez iba siendo más oscuro. La tumbo aprovechando su servidumbre en el maletero.
Cuando empezó a recuperar la consciencia, el mundo a su alrededor era extraño y aterrorizante. No sabia lo que le había pasado, pero seguro que no podía ni imaginar lo que le quedaba por delante. Intento moverse, pero no pudo, sus manos estaban atadas y aunque intento chillar, una mordaza se lo impidió.
El coche se había detenido en un descampado, lejos de toda la civilización, un sitio donde seria difícil que nadie la viera. El temor aumentaba por segundos. Aun estaba tirada en el suelo del maletero cuando se abrió la puerta. Sus ojos al ver a su captor reflejaban el miedo y el pavor que recorría su cuerpo, aumentado al ver el pasamontañas que solo dejaban a la vista los ojos de su secuestrador, unos ojos que denotaban algún tipo de ira o rabia.
Tirando de las cuerdas de sus muñecas la saco del coche y se dirigieron a un árbol cercano, donde deslizo la cuerda por una de las ramas y la ato a un muñón del tronco. Se acerco a ella, que se encogió como un animalillo asustado, mientras movía la cabeza negativamente.
“Ahora te voy a quitar la mordaza, si chillas te pegare, si hablas te pegare, si lloras te pegare. No temas, no te voy a matar, no puedo decir lo mismo de hacerte daño. Si obedeces, si te portas bien y no me causas problemas podrás volver a casa, si no es así, imagínatelo…”. Le susurró al oído.
Le soltó la mordaza y con la misma le vendó los ojos. Intento protestar, pero su mano restaño sobre su mejilla, lanzado su cabeza hacia el lado izquierdo. Comenzó a sollozar, intentando contener el llanto, pues se imagino que no dudaría en cumplir la amenaza otra vez. Desato la cuerda del árbol y le dijo que se arrodillara.
Una vez de rodillas delante de él, tiro de la cuerda levantando sus brazos por encima de su cabeza y volviendo a atarla. Volvió a su lado y se deshizo del pasamontañas. Bajo la cremallera del pantalón muy despacio para que ella pudiera oír el ruido de los dientes al pasar por el cierre y saco su miembro. Estaba duro, prieto, a punto de estallar. Apoyo el glande sobre sus labios. Ella se aparto rápidamente.
Una bofetada fue el resultado.
Volvió a su posición. De nuevo se coloco en sus labios y esta vez si abrió tímidamente sus labios, sacando la punta de su lengua. La agarro del pelo y se lo retorció.
“Si no abres tu boca, te la abriré yo y después no podrás volver a cerrarla”, dijo tranquilamente.
Su boca se abrió y de un solo empellón se la enterró entera, giro un poco su cabeza ayudado por su pelo para tener una mejor posición para follarle la boca. Se deleitaba viendo como su miembro entraba completamente dentro de ella y como salía en toda su extensión, reluciente y mojado de la saliva de ella. La profundidad de la inserción de aquel falo le provocaba algunas arcadas, pero a la vez, aquel tratamiento la estaba haciendo salivar, su boca era un surtidor de saliva que se pegaba a la piel de aquella polla. Al salir, formaba hilillos que colgaban entre el pene y sus labios, hasta que entraba de nuevo en ella, cuando se impregnaban entonces en su barbilla de donde acababan cayendo sobre su pecho, mojándole el vestido.
Hizo un nuevo intento por librarse de aquel ariete de carne, pero no solo consiguió un nuevo tirón de pelo más fuerte que el de antes, además, una bofetada marco su mejilla derecha, intacta hasta ahora. La agarro de la cabeza y comenzó a follarle la boca. Su orgasmo se estaba acercando. Podía sentir como llegaba a través de la columna hasta la base del pene. Acelero el ritmo cuando empezó a derramarse dentro de ella.
Los dos primeros chorros cayeron directamente en su garganta, tosió, se atraganto con ellos, pero no pudo parar de tragar. La apretó contra su pubis metiéndole todo su miembro dentro.
“Si dejas que se escape una sola gota, te inflo a hostias.”, le dijo.
Soltó su cabeza cuando sintió que se había tragado todo su semen. Retiraba su miembro mientras ella limpiaba hasta la última gota que pudiera estar impregnándolo. Cuando termino de sacarla estaba reluciente de su saliva.
“Ponte de pie, date la vuelta y dóblate, que te voy a romper el coño.” Le ordeno.
Se encogió de nuevo y empezó a negar con la cabeza a la vez que iniciaba una nueva ronda de llantos y plegarias. Esta vez fueron dos, una en cada mejilla con la misma mano. Solicita y vencida se levanto y se puso de espaldas. Se doblego despacio, vencida, pero no rendida, decidida a resistirse aun un poco más, pero no podía. No podía evitar lo que iba a pasar.
Sintió como levantaba su vestido y lo colocaba por encima de su cintura. El tanga fino de color negro no supuso obstáculo, pues de un solo tirón, se lo arranco. Sentía como su piel ardía en la zona donde la prenda había intentado resistirse. Con sus piernas la obligo a abrir las suyas y sintió como una leve brisa recorría los dulces, calidos y húmedos pliegues de su coñito, que a pesar de sus deseos, chorreaba jugos y deseaba ser llenado de carne.
“Vaya por Dios, si parece que a esta zorrita le gusta lo que la estoy haciendo.”, asevero.
De nuevo comenzó a lloriquear, pero esta vez era por saberse descubierta, por tener presente que acababa de descubrir que lo estaba disfrutando. Por saberse expuesta, sin defensa posible ante aquel violador. Sintió como aquella polla desconocida se colocaba en la entrada de su sexo.
Fue recorrida con aquel falo trasgresor por toda su vulva. Le presionaba en el clítoris y recogía con su glande la humedad que emanaba de aquella rajita. Disfrutaba de cada temblor, de cada respingo que su cuerpo daba al sentir la presión de aquel duro estoque. Cuando de nuevo volvió a la entrada de su cueva de un solo golpe se la coló hasta dentro. Ella gimió.
“Así me gusta zorrita que te guste, no pares de chillar.”, le dijo.
Comenzó a follársela animado por el griterío que tenia formado, por los gemidos que emitía cada vez que su polla entraba hasta el fondo de ella, cada vez que aquel pubis chocaba con sus glúteos. Su coñito era una destilería de flujos, los bombeos de aquel desconocido producían un chapoteo característico, que no podía ocultar el placer que le estaba dando aquel bruto. Comenzó a convulsionarse.
Un grito agudo y prolongado acompaño a su orgasmo, un placer que había conseguido que se corriera como hacia mucho que no lo hacia. La violencia de sus espasmos obligo al captor a cogerla de las caderas para evitar que hincara las rodillas en el suelo. Siguió embistiéndola al tiempo que ella iba encadenando un orgasmo detrás de otro, era un manojo de temblores.
Él se detuvo, pues solo con sus temblores ya conseguía correrse, mientras no dejaba de chillar, de gemir, de pedir más.
Era una autentica zorrita desatada y libre de poder sentir lo que siempre había deseado. Con cada nuevo orgasmo su mano golpeaba en sus glúteos, enrojeciendo la piel y dibujando la marca en la blanca piel.
Aprovechando la profusión de flujo saco su miembro y lo apoyo en su esfínter. Grito una negativa, pero lo único que consiguió fue un empujón salvaje que lo introdujo hasta el fondo. Notaba como su esfínter se abría para recibir toda aquella carne dentro de si y como se cerraba después para aumentar la sensación de penetración.
Siguió penetrándola salvajemente mientras ella gritaba de placer y de dolor, le pedía que no parara, que la rompiera en dos, que le llenara el culo.
Y así lo hizo, con un último empellón que le hizo entrar hasta el final, comenzó a vaciarse dentro de ella. Un gruñido animal salio de su garganta acompañando los borbotones del calido semen que empezaba a llenar su recto.
Los últimos estertores de aquel desconocido coincidieron con su último orgasmo. Fue un orgasmo increíble, maravilloso, debido a la mezcla explosiva de miedo, ansiedad, placer y libertad. Noto como su recto se llenaba de su líquido placer, acompañando al calor que su sexo, su cuerpo, su sangre y su cara irradiaban.
No había podido evitarlo, había sido enculada y lo había gozado. Se sentía llena, plena, realizada y feliz.
Le corto las cuerdas que la sujetaban a aquel árbol y la dejo caer de rodillas sobre el arenoso terreno. Las piernas le fallaban, la respiración aun agitada, su pulso se hacia patente en sus sienes. Una pequeña traza de dolor la devolvía a la realidad. Se deshizo de la venda que tapaba sus ojos. Se levanto lentamente y se coloco la ropa. Se atuso el pelo y miro alrededor. No reconocía el sitio, pero aquello era lo de menos.
Se dirigió al todoterreno, se sentó en el asiento del acompañante, miro a su captor, observando que entre los dedos de su mano derecha asomaban unas tiras de tela negra, que reconoció de inmediato, los restos de su tanga.
Subió su mirada y mirándole a los ojos dijo:
“Antes de ir a casa, tenemos que comprar algo para la cena, cielo.”
Estaba esperándola a ella.
Cuando llego a su altura con un rápido movimiento le tapo la boca y la nariz con un trapo impregnado de cloroformo. Sus fuerzas fallaron, su mundo cada vez iba siendo más oscuro. La tumbo aprovechando su servidumbre en el maletero.
Cuando empezó a recuperar la consciencia, el mundo a su alrededor era extraño y aterrorizante. No sabia lo que le había pasado, pero seguro que no podía ni imaginar lo que le quedaba por delante. Intento moverse, pero no pudo, sus manos estaban atadas y aunque intento chillar, una mordaza se lo impidió.
El coche se había detenido en un descampado, lejos de toda la civilización, un sitio donde seria difícil que nadie la viera. El temor aumentaba por segundos. Aun estaba tirada en el suelo del maletero cuando se abrió la puerta. Sus ojos al ver a su captor reflejaban el miedo y el pavor que recorría su cuerpo, aumentado al ver el pasamontañas que solo dejaban a la vista los ojos de su secuestrador, unos ojos que denotaban algún tipo de ira o rabia.
Tirando de las cuerdas de sus muñecas la saco del coche y se dirigieron a un árbol cercano, donde deslizo la cuerda por una de las ramas y la ato a un muñón del tronco. Se acerco a ella, que se encogió como un animalillo asustado, mientras movía la cabeza negativamente.
“Ahora te voy a quitar la mordaza, si chillas te pegare, si hablas te pegare, si lloras te pegare. No temas, no te voy a matar, no puedo decir lo mismo de hacerte daño. Si obedeces, si te portas bien y no me causas problemas podrás volver a casa, si no es así, imagínatelo…”. Le susurró al oído.
Le soltó la mordaza y con la misma le vendó los ojos. Intento protestar, pero su mano restaño sobre su mejilla, lanzado su cabeza hacia el lado izquierdo. Comenzó a sollozar, intentando contener el llanto, pues se imagino que no dudaría en cumplir la amenaza otra vez. Desato la cuerda del árbol y le dijo que se arrodillara.
Una vez de rodillas delante de él, tiro de la cuerda levantando sus brazos por encima de su cabeza y volviendo a atarla. Volvió a su lado y se deshizo del pasamontañas. Bajo la cremallera del pantalón muy despacio para que ella pudiera oír el ruido de los dientes al pasar por el cierre y saco su miembro. Estaba duro, prieto, a punto de estallar. Apoyo el glande sobre sus labios. Ella se aparto rápidamente.
Una bofetada fue el resultado.
Volvió a su posición. De nuevo se coloco en sus labios y esta vez si abrió tímidamente sus labios, sacando la punta de su lengua. La agarro del pelo y se lo retorció.
“Si no abres tu boca, te la abriré yo y después no podrás volver a cerrarla”, dijo tranquilamente.
Su boca se abrió y de un solo empellón se la enterró entera, giro un poco su cabeza ayudado por su pelo para tener una mejor posición para follarle la boca. Se deleitaba viendo como su miembro entraba completamente dentro de ella y como salía en toda su extensión, reluciente y mojado de la saliva de ella. La profundidad de la inserción de aquel falo le provocaba algunas arcadas, pero a la vez, aquel tratamiento la estaba haciendo salivar, su boca era un surtidor de saliva que se pegaba a la piel de aquella polla. Al salir, formaba hilillos que colgaban entre el pene y sus labios, hasta que entraba de nuevo en ella, cuando se impregnaban entonces en su barbilla de donde acababan cayendo sobre su pecho, mojándole el vestido.
Hizo un nuevo intento por librarse de aquel ariete de carne, pero no solo consiguió un nuevo tirón de pelo más fuerte que el de antes, además, una bofetada marco su mejilla derecha, intacta hasta ahora. La agarro de la cabeza y comenzó a follarle la boca. Su orgasmo se estaba acercando. Podía sentir como llegaba a través de la columna hasta la base del pene. Acelero el ritmo cuando empezó a derramarse dentro de ella.
Los dos primeros chorros cayeron directamente en su garganta, tosió, se atraganto con ellos, pero no pudo parar de tragar. La apretó contra su pubis metiéndole todo su miembro dentro.
“Si dejas que se escape una sola gota, te inflo a hostias.”, le dijo.
Soltó su cabeza cuando sintió que se había tragado todo su semen. Retiraba su miembro mientras ella limpiaba hasta la última gota que pudiera estar impregnándolo. Cuando termino de sacarla estaba reluciente de su saliva.
“Ponte de pie, date la vuelta y dóblate, que te voy a romper el coño.” Le ordeno.
Se encogió de nuevo y empezó a negar con la cabeza a la vez que iniciaba una nueva ronda de llantos y plegarias. Esta vez fueron dos, una en cada mejilla con la misma mano. Solicita y vencida se levanto y se puso de espaldas. Se doblego despacio, vencida, pero no rendida, decidida a resistirse aun un poco más, pero no podía. No podía evitar lo que iba a pasar.
Sintió como levantaba su vestido y lo colocaba por encima de su cintura. El tanga fino de color negro no supuso obstáculo, pues de un solo tirón, se lo arranco. Sentía como su piel ardía en la zona donde la prenda había intentado resistirse. Con sus piernas la obligo a abrir las suyas y sintió como una leve brisa recorría los dulces, calidos y húmedos pliegues de su coñito, que a pesar de sus deseos, chorreaba jugos y deseaba ser llenado de carne.
“Vaya por Dios, si parece que a esta zorrita le gusta lo que la estoy haciendo.”, asevero.
De nuevo comenzó a lloriquear, pero esta vez era por saberse descubierta, por tener presente que acababa de descubrir que lo estaba disfrutando. Por saberse expuesta, sin defensa posible ante aquel violador. Sintió como aquella polla desconocida se colocaba en la entrada de su sexo.
Fue recorrida con aquel falo trasgresor por toda su vulva. Le presionaba en el clítoris y recogía con su glande la humedad que emanaba de aquella rajita. Disfrutaba de cada temblor, de cada respingo que su cuerpo daba al sentir la presión de aquel duro estoque. Cuando de nuevo volvió a la entrada de su cueva de un solo golpe se la coló hasta dentro. Ella gimió.
“Así me gusta zorrita que te guste, no pares de chillar.”, le dijo.
Comenzó a follársela animado por el griterío que tenia formado, por los gemidos que emitía cada vez que su polla entraba hasta el fondo de ella, cada vez que aquel pubis chocaba con sus glúteos. Su coñito era una destilería de flujos, los bombeos de aquel desconocido producían un chapoteo característico, que no podía ocultar el placer que le estaba dando aquel bruto. Comenzó a convulsionarse.
Un grito agudo y prolongado acompaño a su orgasmo, un placer que había conseguido que se corriera como hacia mucho que no lo hacia. La violencia de sus espasmos obligo al captor a cogerla de las caderas para evitar que hincara las rodillas en el suelo. Siguió embistiéndola al tiempo que ella iba encadenando un orgasmo detrás de otro, era un manojo de temblores.
Él se detuvo, pues solo con sus temblores ya conseguía correrse, mientras no dejaba de chillar, de gemir, de pedir más.
Era una autentica zorrita desatada y libre de poder sentir lo que siempre había deseado. Con cada nuevo orgasmo su mano golpeaba en sus glúteos, enrojeciendo la piel y dibujando la marca en la blanca piel.
Aprovechando la profusión de flujo saco su miembro y lo apoyo en su esfínter. Grito una negativa, pero lo único que consiguió fue un empujón salvaje que lo introdujo hasta el fondo. Notaba como su esfínter se abría para recibir toda aquella carne dentro de si y como se cerraba después para aumentar la sensación de penetración.
Siguió penetrándola salvajemente mientras ella gritaba de placer y de dolor, le pedía que no parara, que la rompiera en dos, que le llenara el culo.
Y así lo hizo, con un último empellón que le hizo entrar hasta el final, comenzó a vaciarse dentro de ella. Un gruñido animal salio de su garganta acompañando los borbotones del calido semen que empezaba a llenar su recto.
Los últimos estertores de aquel desconocido coincidieron con su último orgasmo. Fue un orgasmo increíble, maravilloso, debido a la mezcla explosiva de miedo, ansiedad, placer y libertad. Noto como su recto se llenaba de su líquido placer, acompañando al calor que su sexo, su cuerpo, su sangre y su cara irradiaban.
No había podido evitarlo, había sido enculada y lo había gozado. Se sentía llena, plena, realizada y feliz.
Le corto las cuerdas que la sujetaban a aquel árbol y la dejo caer de rodillas sobre el arenoso terreno. Las piernas le fallaban, la respiración aun agitada, su pulso se hacia patente en sus sienes. Una pequeña traza de dolor la devolvía a la realidad. Se deshizo de la venda que tapaba sus ojos. Se levanto lentamente y se coloco la ropa. Se atuso el pelo y miro alrededor. No reconocía el sitio, pero aquello era lo de menos.
Se dirigió al todoterreno, se sentó en el asiento del acompañante, miro a su captor, observando que entre los dedos de su mano derecha asomaban unas tiras de tela negra, que reconoció de inmediato, los restos de su tanga.
Subió su mirada y mirándole a los ojos dijo:
“Antes de ir a casa, tenemos que comprar algo para la cena, cielo.”
1 comentarios:
¿Qué decir de esta historia? Estoy temblando de impaciencia...
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