Durante
nuestra vida, el devenir diario nos enseña su capacidad de asombro.
Nos encandila con giros del destino imprevistos, agradables unos, no
tan buenos otros, pero siempre dejándonos presente que,
parafraseando a un estratega de cuyo nombre no consigo acordarme
“Ningún
plan de batalla sobrevive mas allá
del primer contacto con el enemigo”.
Aquella
tarde, por fin, conocí a Sabrina.
Nos habíamos
mensajeado a través
de uno de los múltiples
foros que visito, comenzamos hablando de lo terrenal y acabamos como
era de esperar, llevando nuestro ciber-coqueteo a la realidad.
La
cerveza inicial se había solventado con una conversación
sobre nuestros gustos, fantasías
y experiencias. Intercambiando conocimientos mientras mi mirada se
pasea por su silueta e imagina las formas y volúmenes
que su ropa disimula.
A
la llegada de las tapas, nuestra conversación
es más íntima y mis manos buscan sin disimulo sus manos, sus
piernas y sus brazos.
El
café es el pistoletazo de salida. Al cambiar de local, elegimos una
cafetería
un poco más íntima donde poder sentarnos en una mesa. Nuestras
bocas susurran al oído
cuanto nos decimos. Mis labios aprovechan estos momentos de cercanía
para deslizarse furtivamente sobre su cuello y no debo de estar
haciéndolo mal, pues cada nuevo contacto conlleva un apretón en mi
mano, que reposa distraída
sobre su pierna izquierda.
Cuando
ella me da permiso, mis labios buscan los suyos. El contacto nos hace
temblar, sus labios carnosos me reciben un poco tensos, pero en lugar
de retroceder, me aplico a un beso más suave, más delicado, apenas
rozando sus labios, aspirando el aroma de su barra de labios y
esperando a que su rigidez desaparezca. Apoyo mi mano en su nuca y
mis dedos acarician la piel que su blusa deja al descubierto,
sintiendo como se eriza al paso de las yemas de mis dedos.
La
profundidad de sus besos aumenta. Mi lengua explora decididamente su
boca y saluda con entusiasmo a la suya. Mi mano avanza furtivamente
por su muslo, en dirección
hacia su entrepierna. Un gemido se ahoga en mi boca cuando mis dedos
alcanzan el borde sus medias y sus piernas se cierran ligeramente
marcándome
la frontera de mi caricia. Mi mano retrocede entonces hasta el punto
de inicial, cuando su mano se apoya en mi muñeca y me guía
dulcemente en el camino hacia su monte de venus.
Sus
piernas se abren lentamente al paso de mis dedos. Cuando por fin mis
dedos alcanzan el final de sus medias, el roce con su piel, tibia y
sedosa, hace que un temblor recorra su cuerpo. El tacto del encaje de
su ropa interior me indica que he llegado al destino soñado. Está
húmedo.
Mi índice dibuja pequeños círculos sobre su pubis, dejándose
caer cada vez un poco más hacia su vulva. No tardo en alcanzar la
depresión de sus labios mayores y aplico una ligera presión
en el nacimiento de su valle íntimo.
Su
espalda se arquea ligeramente, su beso se torna más apasionado y sus
manos se ciñen a mi cintura. Sus labios se separan de los míos
y me mira intensamente. Mi dedo continúa su viaje, explorando su
sexo, por encima de la tela ínfima
de su ropa interior. Acaricio con suaves y rítmicos movimientos el
nacimiento de su clítoris
que noto como se endurece al tiempo que sus ojos se cierran, para
sentir un poco mas la caricia intima. Se muerde el labio inferior y
sus dedos se clavan en mi cintura.
Se
deja caer un poco sobre el sillón, ofreciéndose
un poco más a mis caricias. Me vuelvo mas atrevido aun y mis dedos
recorren todo su sexo por encima de sus braguitas, completamente
mojadas. Mi caricia se vuelve más sexual, más fuerte, más
profunda. Al lanzar mis dedos, la caricia es suave y ligera, cuando
vuelven se vuelve mas intensa y profunda. Los gemidos que Sabrina
apenas puede contener me marcan el ritmo y la velocidad de mis dedos.
Sus caderas comienzan a ayudarme con ligeros movimientos que acentúan
aun más la presión
de mis dedos sobre su intimidad.
Cuando
la intensidad de sus gemidos hace que no pueda controlarlos, decide
acallarlos besándome de nuevo, pero esta vez sus manos presionan mi
cabeza contra la suya, haciendo que nuestro beso amortigüe
el sonido de su placer. Mis dedos aumentan la fuerza de la caricia y
la velocidad de la misma, mientras sus caderas se mueven ayudándome
a darle aún más placer.
Su
cuerpo se tensa al alcanzar su primer orgasmo. Sus piernas se cierran
de golpe, aprisionando mis dedos en su entrepierna, mientras sus
caderas continúan
con un ritmo mas pausado, disfrutando de las sensaciones del orgasmo.
Su placer, cae enteramente en mi boca, en forma de gemido y de
respiración
agitada. Su pecho sube y baja aceleradamente.
Nos
separamos lentamente, mirándonos
el uno al otro.
- “La mano es mía”.
Estalla
en una carcajada, liberada y tranquila.
- “Y ahora, ¿qué?”. Pregunto.
- “Ahora, necesito que termines lo que has empezado”, afirma, “Muéstrame ese mundo nuevo que me contaste”.
Como
dos niños planeando la travesura del siglo, nos dirigimos hacia el
local que habíamos
seleccionado para su bautismo de fuego. Su mano aprieta la mía
con fuerza al traspasar la puerta de entrada. El ambiente oscuro y
cargado del lugar nos envuelve y activa en mi interior el modo
perverso. Al llegar a la barra solicitamos nuestras bebidas y le
acompaño en el pequeño tour de reconocimiento del lugar. Algunas
parejas y gente sola pulula por el lugar. De fondo los gemidos de una
mujer languidecen entre la música
ambiente.
Regresamos
a la barra y nerviosa me interroga sobre todo cuanto vea, oye y
siente. Su mirada recorre todo el local y la clientela, mientras
nerviosa juega con su bebida. Sentada en la butaca de la barra, su
pierna se mueve a un ritmo descontrolado. Mi mano se apoya de nuevo
en su muslo buscando tranquilizarla, pero cuanto consigo es un
respingo de puro nerviosismo. Una sonrisilla nerviosa se instala en
sus labios. La tranquilizo hablándole al oído,
mientras mi mano la pone aun mas nerviosa al internarse de nuevo en
su falda.
Lucha
con ella pero sin demasiada convicción.
- “Cierra los ojos, piensa que estas en la cama y deja que fluya todo tranquilamente”, le pido muy despacio.
Suavemente
desabrocho los dos botones de arriba de su camisa, y deslizo fuera
sus pechos. Las aureolas hinchadas y oscuras no mienten. Mis labios
saborean cada una muy despacio. Las chupo, las aprieto, las muerdo
mientras sus manos cerradas nerviosamente empujan mis hombros hacia
atrás sin mucha fuerza y ningún
éxito.
Cuando
un gemido se escapa de sus labios cerrados de nuevo le susurro al
oído.
- “Por favor, quitate las braguitas, dejalas en la barra y siéntate de nuevo”.
Su
mirada refleja el pánico que siente por lo que le acabo de pedir,
pero también
la excitación que inunda su cuerpo. Lentamente se pone de pie, con
sumo cuidado desliza sus manos por debajo de la falda y sin mostrar
mas de lo necesario va bajando su braguita. Cuando llega a la altura
de las rodillas ,e ofrezco para ayudarla y de rodillas delante de
ella, termino de quitarle las braguitas, que resultan ser un tanga de
encaje morado. Están muy húmedas.
Huelen a placer, a sexo, a deseo de mas. Me incorporo y dejo el tanga
sobre la barra.
Mi
mano ocupa de nuevo el interior de su entrepierna. Su sexo, rasurado,
húmedo y cálido,
se separa por la acción
de mis dedos. Su cuerpo se tensa y se relaja en función de las
caricias
a las que la someto. Mi dedo indice busca la entrada a su sexo y se
apoya ligeramente en ella. Se abre para mi ayudado por la lubricación
que destila su coñito ansioso de ser atendido.
Allí
sentada, con su pecho expuesto
a toda la clientela, su tanga sobre la barra del local y con mi mano
en su sexo un grito de placer la hace estremecerse
cuando dos falanges de mi indice entran en ella. Continuo
masturbandola aunque sus manos intentan retirar la mía
de su cálido
interior. Aumento la velocidad de mi penetración digital
paulatinamente, al tiempo que su cuerpo
comienza de nuevo a marcarme con las caderas el ritmo de su placer.
Su cuerpo se arquea nuevamente, su cabeza se deja caer hacia atrás,
sus dedos pellizcan salvajemente sus pezones mientras grita a todo
pulmón el orgasmo que la sorprende allí
sentada en mitad de aquel local a la vista de todo el mundo y una
oleada de flujo tibio moja mis dedos, sus piernas y su falda
La
beso apasionadamente, disfrutando de los temblores que aun recorren
sus labios y mi dedo aun siente los espasmos de su coñito. Me retiro
lo justo para poder mirarla a los ojos y preguntarle si desea
continuar, pero no es necesario, sus ojos me contestan con un sí
irrefutable.
Guardo
su tanga en el bolsillo trasero de mi pantalón y la ayudo a
levantarse, sus piernas todavía
tiemblan un poco, mezcla del deseo, del placer y de la situación.
La abrazo junto a la barra y sin previo aviso la levanto hasta
dejarla sentada en ella. Miro a mi alrededor e indico, con un ligero
no, al camarero que no deseamos ser molestados en ese momento.
Levanto su falda y atraigo su culo hasta el final de la barra.
Me
zambullo completamente entre sus piernas. Huele bien, un olor
embriagador que me hace desear aun mas disfrutar del festín
que se muestra ante mí. Su coñito se muestra abierto, brillante por
los jugos de su corrida, palpitante por la excitación de la caricia
anhelada, rosado por el aumento de sangre en sus capilares y abierto
en busca de su premio. Apoyo la punta de mi nariz en su pubis y
aspiro profundamente para embriagarme de su aroma. Mi lengua recorre
lentamente los laterales de sus labios mayores, sabe bien, salado,
intenso. Con la punta de mi lengua separo sus labios mientras
asciendo buscando la dureza de su clítoris.
Cuando su cuerpo se tensa de nuevo, un pequeño botón
rosado se encuentra bajo las caricias de mi lengua. Al principio
despacio, luego más rápido,
propino pequeños y dulces golpes con mi lengua en su punto mas
inhiesto. De nuevo los gemidos, gritos y movimientos de caderas me
acompasan a su placer. Sus manos aferran mi cabeza, empujándome
hacia ella, pidiéndome
mas contacto con su sexo, mas fuerza en mis caricias.
Otra
vez se deja caer relajada y vencida al recibir otro orgasmo. Mis
dientes atrapan entonces aquel pequeño clítoris entre ellos y mi
lengua, en una sucesión rápida
de golpecitos, martillea
su clítoris,
haciendo que el valle de su orgasmo comience a ascender muy deprisa.
Hasta llegar a un nuevo orgasmo que radia a todo el local a pleno
pulmón.
Mi
lengua entonces, plana y relajada, lame toda la superficie de su
coñito, recogiendo todo su flujo y disfrutando de su sabor. Aun
tirita por la intensidad de su ultimo orgasmo y necesito que esté
más relajada, así que me aplico a seguir lamiendo dulcemente su
coñito, pero mi lengua al mismo tiempo va separando sus labios,
dejándome
una vista perfecta de su coñito. Observo como una gota de flujo se
escapa de dentro de ella y resbala por su piel hasta que impregna su
falda.
Levanto
la mirada y ella me la devuelve, ya no se atisba el pánico,
ni la duda, ni la incertidumbre, solo el deseo, el deseo animal puro,
solo desea sexo.
Sus
ojos se abren como platos cuando mis dos dedos entran en ella sin
aviso. De un golpe la penetro con ellos hasta que mis nudillos se
hunden en su sexo. Chilla pidiendo más. De nuevo su clítoris
es objeto de mis atenciones. Mi lengua lo recorre ahora en círculos
y mis dedos taladran su coño salvajemente. Arqueo ligeramente los
dedos dentro de ella y siento una zona rugosa dentro de su húmedo
sexo. Me aplico a presionar aquella zona. Se retuerce salvajemente.
Sus espasmos casi me impiden chupar su clítoris,
pero con la otra mano ciño su cuerpo a mí. Aumento el ritmo de mis
acometidas tanto con mis dedos, como con mi lengua. Grita, chilla,
resopla, maldice. Adoro verla así.
Su
orgasmo nos sorprende a los dos. Una serie de sacudidas recorren su
espalda al tiempo que hacen que su cuerpo se tense y relaje con una
velocidad espasmódica.
Un torrente de líquido es expulsado de su coñito yendo
a parar a mi cara, a mi cuello, a mi camisa, a sus piernas, a su
falda y al suelo y la barra del local. Me quedo totalmente quieto,
dejando que sea ella la que maneje el descenso de su cima orgasmal.
Me
incorporo y la beso. Me besa salvajemente, como si hiciera
un año que no nos besamos. No le importa que aún tenga su esencia
sobre mí, me besa sin miramientos, solo disfrutando, solo sintiendo.
Su cuerpo continúa bajando de su orgasmo con ligeros temblores que
acentúan su placer pues mis dedos aun están
dentro de ella.
Me
separa de ella y clavando sus ojos en los míos
me chilla.
- “Fóllame”.
Jamás
un hombre se ha negado a cumplir una orden así.
La ayudo a bajar de la barra y la acompaño hasta uno de los cuartos
destinados al sexo. Entramos y cerramos la cortina. No quiere
compañía esta vez. Tampoco me importa. Hoy es su día.
Nos
desnudamos rápidamente y cuando la abrazo
para besarla, me empujo hacia la cama. Me dejo caer sobre ella.
Avanza hacia mí muy lentamente. Se contonea y me deja admirar su
cuerpo totalmente desnudo, excepto por las medias y los zapatos de
tacón
que aun lleva puestos.
Viene
hacia mí como una pantera hacia su presa. Camina firmemente sobre la
cama y se deja caer sobre mí. Su coño húmedo
y ardiente se coloca sobre mi polla y sus manos en mi pecho. Me mira
con lujuria. Mi sexo intenta levantarla, pero no puedo más que
acrecentar la presión
sobre su sexo. Cierra los ojos para disfrutar un poco mas de ese
momento y sus manos se crispan sobre mí. Lentamente desliza sus
manos hacia mi vientre. Me araña sin compasión.
Mi piel arde allí
donde sus uñas han dejado un rastro de rojez encendida.
Lentamente
se desliza por mis piernas mientras se agacha hacia mi sexo. Lo
devora. Gimo por la sorpresa y la intensidad del abrazo de sus
labios. Sus labios chupan con fruíción mi sexo, recorriendo en toda
su extensión
mi miembro. Su lengua lame con cuidado y paciencia, de una forma que
mas que placer parece que quisiera torturarme. Su mano acaricia,
estruja, y sopesa mis testículos,
sin orden ni concierto.
Aumenta
el ritmo de la mamada que me esta regalando, cambia de ritmo, de
velocidad, de manera de chupar, bien con los labios, bien con la
lengua. La saca y la masturba delante mía,
mientras me regala una mirada de esas que parecen decir “te voy a
dejar totalmente seco, nene”. De pronto suelta mi miembro comienza
a clavárselo en su boca muy despacio, milímetro
a milímetro
va introduciendo dentro de ella mi sexo. Se para un segundo, me deja
con la intriga de que hará durante un segundo y a continuación
abre un poco más su boca y engulle todavía más. Llego hasta el
final de su boca, lo noto en la cabeza de mi polla, toma fuerzas y de
un último empujón
se la traga hasta la base.
Durante
unos segundos se queda parada, con mi polla completamente ensartada
en su garganta. Me imagino que para acostumbrarse a su tamaño.
Empieza de nuevo a meterla y sacarla de su boca. Mis manos cogen su
cabeza y empiezo a mover mis caderas como si me la estuviera
follando, de hecho me estoy follando su boca.
Que
suave, que cálida, que húmeda.
Una
arcada la obliga a soltar su presa y cuando levanta la mirada, sus
ojos están
llenos de lagrimas, el esfuerzo ha sido grande, pero ha merecido la
pena. Mi polla esta dura como el cemento, apuntando al cielo,
recubierta de su saliva y vibra por la ansiedad de enterrarse en su
coñito.
De
nuevo
se pone de pie, avanza hasta mi entrepierna y despacio se deja caer
en cuclillas. Cuando su coñito toca mi sexo, su mano lo dirige
diestramente hasta la entrada de su cueva. Durante unos instantes que
se me hacen eternos, ella aguanta en esa posición,
siento el calor de su sexo bajando por mi miembro, su humedad
resbalando por la suave piel de mi sexo, sus temblores de excitación
sobre la fina y sensible piel de mi glande. Cierro los ojos y
entonces se deja caer, decidida, sobre él.
De
un golpe se la ha metido hasta el fondo. Estalla con un grito que los
vecinos han tenido que oír.
Se queda ensartada en mí. Siento su coño aprisionando mi verga
dentro de ella, su humedad me envuelve, su calor me abrasa, su olor
me embriaga. Comienza con ligeros movimientos circulares, apenas se
mueve, pero siento su coño girar sobre mi polla. Sus manos se hacen
cargo de sus pezones y se pellizca ferozmente, mientras gime. No
tarda de nuevo en correrse. Es un autentico placer sentir como se
corre una mujer fuente con tu sexo dentro de ella. Una oleada de
calor invade mi pubis, mi entrepierna, mi bajo
vientre.
Apoyando
sus rodillas en la cama, se deja caer un poco
hacia atrás y comienza de nuevo a follarse. Que placer, ya no creo
ni que sepa que estoy aquí, no soy más que el instrumento que le
permite disfrutar de una buena sesión
de sexo y eso me enorgullece aun más. Acelera el ritmo de sus
acometidas, con bruscos movimientos
de cadera. Su mano derecha baja hasta que sus dedos tocan el
clítoris, inflamado de deseo y de nuevo una sinfonía
de gemidos, gritos e improperios varios anuncian su placer.
Nuevamente me baña con sus flujos y me encanta.
Pero
se levanta.
¿Qué
hace?.
¿Por
qué?.
Se
da la vuelta y ahora me cabalga de espaldas a mi. Su culo redondo,
grande, terso, duro, se mueve al compás
de su sexo delante mío. Con sus manos apoyadas en mis rodillas hace
fuerza con ellas para clavarse aun más en mi sexo. De nuevo acelera,
de nuevo tiembla, de nuevo gime, de nuevo grita, de nuevo me inunda
con su cálido
fluido. No puedo resistir más y mi mano se estalla
salvajemente contra su glúteo
derecho. Un grito, que apenas distingo si de dolor o de placer, se
escapa de su garganta. Comienza de nuevo a moverse sobre mi polla.
Una segunda palmada me confirma que el primer grito
fue de placer, pues aumenta el ritmo de sus acometidas y el nivel
sonoro de sus muestras de placer. Con la tercera palmada, una marca
roja que dibuja la silueta de mi mano aparece sobre su glúteo.
Un
nuevo orgasmo de ella me sorprende, además esta vez al estar
observando como mi mano se enrojecía en su glúteo,
observo tranquilamente como su sexo vuelve a bañarme.
Ahora
se echa hacia atrás. Apoya sus brazos en mi pecho y deja caer su
peso sobre mí. Con las piernas totalmente abiertas y flexionadas. Se
queda quieta durante un instante. Comienza a mover sus caderas muy
despacio mientras grita como una descosida. Pero mi concentración
disminuye al notar una ligera brisa
de aire en mis testículos.
Apenas una sensación
que hace que centre mis sentidos en aquella zona. De repente ya no es
una ráfaga
de aire. Es una lengua, una lengua esta lamiendo mis cojones,
chupándolos
muy despacio, una boca que los aprisiona dentro, en una celda de
dientes y carne. Los deja escapar muy despacio, uno a uno, chupando
al mismo tiempo cada uno de ellos.
La
boca misteriosa abandona mi zona testicular y por los gemidos de
Sabrina no debe de andar lejos de su clítoris.
El placer que recibe de aquella
boca hace que aumente el ritmo de su follada. Me cuesta no correrme.
Pero aguanto preguntándome
quien será el/la propietario/a de esa boca tan generosa. La saliva
que ha dejado por mi escroto, se enfría
por el aire que provoca con sus movimientos. Pero no se olvida de mi,
su mano, pequeña para un hombre, acaricia suavemente mis testículos.
Sabrina no tarda en anunciar que se corre y aumenta el ritmo de sus
movimientos de caderas. No puedo más. Voy a correrme yo también.
Cuando Sabrina estalla de nuevo en un orgasmo, siento como una ola de
liquido ardiente, de puro placer sexual, de entrega sin mas, sale
despedida de su coño encharcando cuanto encuentra a su paso. Los
espasmos de su placer, hacen que el mío no pueda ser refrenado y lo
grito como hace tiempo que no lo hago. Sabrina se deja caer un poco
hacia atrás, lo justo para que mi sexo escape de su celda anegada.
Pero no tuve que esperar mucho para que acabara dentro de la boca
misteriosa.
Con
dos movimientos magistrales de esa boca, me descargo en un orgasmo
salvaje. Mi cuerpo se tensa, mi respiración
se corta y mi vista se nubla. Un escalofrío
recorre mi espalda al tiempo que descargo mi esperma en su boca. Con
cada golpe de cadera un borbotón
de esperma es escupido por mi miembro y se estrella en su paladar,
pero no se aparta ni un ápice
de mi sexo.
Chupa
con avaricia hasta la ultima gota y continua chupando y sorbiendo
hasta que me ordeña la ultima gota. Continuando hasta dejarme la
polla completamente reluciente de su saliva.
Cuando
Sabrina se deja caer a mi lado por fin deja mi campo visual libre
para descubrir que es Marina quien nos ha practicado el sexo oral a
ambos.
Marina,
mi pareja, mi cómplice, mi mamadora anónima.
-
“No me mires así,
Sabrina es una vieja amiga que tenia ganas de presentarte, además te
la debía
por lo del aparcamiento”.
