Bienvenida

¿QUE ES “Los bajos fondos de Mordor”?

Sintiéndolo mucho por la extensa legión de seguidores de Tolkien (entre los cuales me incluyo) no tiene nada que ver con la Tierra Media, ni con las leyendas élficas, ni de ninguna otra raza. Para mí son todas aquellas actitudes que secretamente muchísimos de nosotros tenemos guardadas dentro.

Esos deseos “oscuros” que jamás contamos a nuestros amigos, esos anhelos “extraños” que no podemos dejar salir por el miedo al que dirán, todas aquellas cosas que nos gustaría hacer pero que nunca llevaremos a cabo por que las personas “normales” jamás las hacen. El objetivo de este blog es intentar sacar a relucir todos esos pensamientos, comentarlos, mejorarlos y quien sabe, a lo mejor así ver que no somos tan “raros”.

Por todo lo anteriormente expuesto os pido vuestra colaboración y vuestra ayuda, a través de vuestra lectura, vuestros comentarios, vuestras aportaciones, si os apetece.

Al mismo tiempo aprovechar estas pocas líneas para agradeceros el tiempo y el esfuerzo que ello os pueda suponer, sabiendo siempre que cualquier colaboración, por pequeña e insignificante que pueda parecer, puede ser la clave para encontrar ese atisbo de normalidad que todos buscamos en lo que hacemos y deseamos para que nuestra vida y nuestra mente estén a gusto con ello.


Una y mil veces gracias.

Los bajos fondos de Mordor 2.0

LOS BAJOS FONDOS DE MORDOR 2.0

¿Que significa esto?

Pues es bastante sencillo. Quiero creer que es una mejora del estilo del blog, de los relatos en sí, de mi manera de expresarme y de mi deseo de una mayor calidad de todo el conjunto.

¿Son nuevos los relatos?

No. Básicamente son los mismos relatos pero, según mi modesta opinión, más evolucionados. Hace ya más de 4 años que tengo este blog, 4 años de experiencia, que en virtud de las creencias populares, mejoran al escritor tanto como al escrito. He cambiado algunas formulas, algunas palabras y detalles pues las circunstancias personales afectan a lo que se escribe y he intentado hacer éstos, mis relatos, más intemporales, más genéricos.

¿Los comentarios que hicimos a los anteriores relatos?

Los he guardado para mí. Al ser nuevos relatos, me ha parecido lo mas adecuado. Agradeceré enormemente cualquier nuevo comentario que podáis aportar a este blog.

¿Las colaboraciones también han cambiado?

He enviado a los colaboradores que colgaron sus relatos en mi blog, una propuesta de modificación. Puede que alguno cambie, pero no dependerá de mi, sino de su autor.


Espero que con estas 4 sencillas preguntas y respuestas haya aclarado la nueva versión del blog que encontrareis a continuación.


Un saludo a todos y espero veros pronto por estas paginas.


Mostrando entradas con la etiqueta Infidelidades. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Infidelidades. Mostrar todas las entradas

Y ademas, lo grabaremos

Por fin había llegado el día. Después de una semana esperando por ella, hoy iba a poder darle todo cuanto tenia para ella. Había sido muy concreta en su petición y eso me encantó al punto de no plantearme el mas mínimo cambio en su deseo. Bueno, alguno si.


Cuando llegó a casa, me senté con Victoria a tomar algo. Charlamos mientras mis manos recorrían sus piernas, presionando ligeramente aquí y allá, como distraídas, pero con toda la intención del mundo.


Cuando terminamos la bebida nos lanzamos a devorarnos a besos. Mi ropa voló por el salón. Apenas pude contener sus ansias el tiempo suficiente para coger la cámara.

- “Hoy lo vamos a grabar, Victoria, así que déjame bien seco”, le pedí.


De rodillas sobre el sofá, Victoria se aplicó a devorarme la polla. Se cogía a ella con ansia, su cara dibujaba una expresión de lujuria y gula que incendiaba aun mas mi deseo y hacia vibrar mi sexo. Sus labios rozaban mi glande y sentía su aliento y la humedad cálida de su saliva en él. Con calma fue tragándose todo mi miembro hasta que su naricita chocó con mi pubis. Completamente hundido en su boca, sentía la punta de mi sexo rozando su campanilla. No podía evitar, ni quería evitarlo, apoyé mi mano en su nuca y empujé contra mi. Un gemido ahogado por la rotundidad de mi sexo se escapó de su garganta.


Enfoqué la cámara sobre la imagen de sus labios recorriendo el talle de mi pene. Subiendo y bajando por él. Descubriendo la tensa piel de mi sexo, impregnada y brillante por su saliva, para hacerla luego desaparecer dentro de su boca.


Aceleró poco a poco el ritmo de su felación. Hasta que mi orgasmo anunció su llegada con un gemido gutural.

- “Victoria, me corro, me corro. Te voy a llenar la boca con mi leche”, avisé.

Me enganché a su pelo y tiré de él para clavarme, aun mas, en su garganta y derramarme en ella. Los borbotones de esperma se dispararon desde mis testículos hasta su campanilla, donde impactaron violentos y untosos. Con glotonería y como si de un batido de chocolate se tratara, Victoria, engulló y tragó mi esencia de macho y se incorporó mirando fijamente a la lente de la cámara. Traviesamente se relamió con mucha calma. Como una autentica viciosilla, mostraba su boca, aun blanquecina de mi semen, y su lengua, manchada con él.

- “Tragatelo, es todo para ti”, le dije.


Sonrío, picaramente. Y con una parsimonia incendiaria, se lo tragó todo. Rebañando con su lengua el resto y volviendo a tragar. Cuando se convenció de que había terminado con su postre, me mostró su cavidad bucal, abriendo la boca completamente y sacando la lengua, limpias de cualquier rastro de mi esperma.


Dejé la cámara en pausa y la incorporé. Nos fundimos en un beso frenético, salvaje, completo. Mi mano se deslizaba por su costado, marcaba el camino de su pubis y por fin se coló por debajo de la ropa interior. Su sexo apareció húmedo y ardiente al roce con la yema de mis dedos y su cuerpo reaccionó con un ligero temblor y un gemido derramado en mi boca directamente. Sus caderas comenzaron a moverse rítmicamente al son que marcaban mis dedos sobre su botoncito, inflamado por la excitación y por la estimulación directa.


Su respiración se entrecortó, sus labios temblaban al contacto con los míos, su cuerpo se entregó a disfrutar de un orgasmo ansiado y buscado, querido y anhelado. Su entrepierna se encharcó con sus fluidos al tiempo que sus dedos se clavaban en mi espalda, pegándose aun mas a mi y cerrando sus piernas, atrapando entre ellas mi mano y lanzando sus caderas en un vaivén frenético sobre mis dedos que terminaron de destrabar su éxtasis.

- “Como me pones, que ganas de tenerte dentro”, susurró en mi oido.


Me levanté del sofá y coloqué en la mesa la cámara con su trípode, la apunté hacia el sofá y le ordené mientras accionaba el botón de grabado.

- “Desnúdate, que vas a clavártela hasta la garganta”.


Mientras me colocaba de nuevo en el sofá, Victoria se deshizo de toda su ropa. Estaba parada delante mía y pude apreciar su excitación en la oscuridad de sus aureolas.

- “Cabalgame. Colócate encima mía y déjate caer sobre mi polla. Quiero que te la claves hasta las pelotas”, le dije perversamente, mientras mordía mis labios presa del deseo de partirle el coñito de un buen pollazo.


Se colocó a horcajadas sobre mi. Mirándome a los ojos fijamente, apuntó mi polla en la entrada de su vagina y cerrando sus ojos, se dejó caer sobre ella súbitamente. La sensación de sentir su cuerpo abrirse al contacto con mi polla, esa sensación de sentir la humedad de su sexo escurriendo por la piel de mi pene, mojando mi escroto y pubis, quedó plasmado en aquel gemido de placer que derramé contra su pecho. Ella respondió con otro gemido de placer. Un gemido que iba aumentando de intensidad a medida que aumentaba la cantidad de hombría que entraba en ella. Por fin se la hundió por completo. Se detuvo durante unos momentos sentada sobre mi regazo, sintiendo la totalidad de mi sexo dentro de ella, disfrutando de la sensación de estar colmada, de estar rellena, de estar plenamente ocupada por mi pene.


Tenerla allí empalada, notando los pequeños temblores que las paredes de su vagina transmitían a la dura extensión de mi talle, hacia que mis ganas de poseerla fueran mas allá.


Busqué sus pezones con mi dientes, los mordí, los lamí, los chupé con ansia y desesperación. Sus manos presionaban mi cabeza contra su torso, buscando mas intensidad, mas caricias, mas placer. Subí por su pecho hasta llegar al cuello y allí mis dientes se clavaron en su blanca y tibia piel. Sus músculos cervicales se contrajeron aprisionando mi cara. Mordí con mas fuerza aun. Gimió de placer, mientras sus caderas comenzaban a moverse en un vaivén hacia delante y hacia atrás. Cuando me separé de ella, la huella de mis dientes se apreciaba nitidamente en su epidermis. Sonrío maliciosamente. Con mucha delicadeza lamí la extensión de la marca. Victoria murmullaba con placer algo ininteligible.


Mis manos se apoderaron entonces de sus glúteos, y la ayudé, marcando el ritmo de la cabalgada, empujándola hacia mi.


Fui aumentando la velocidad del movimiento conforme sus gemidos iban transformándose en gritos. Estaba a punto de correrse de nuevo. Quería que se corriera de nuevo. Así que asiéndome fuertemente a sus glúteos la lancé en un frenesí de galopada. Cuando comenzó a chillar bestialmente, sentí su sexo licuarse en un nuevo clímax. Aproveché para darle un par de golpes de pelvis, que consiguieron que abriera sus ojos, incrédula de que aun pudiera entrar en ella un poco mas y rozar el fondo de su cueva. Una sensación indescriptible de dolor y placer que la obligó a clavarme los dientes en el hombro derecho al tiempo que descargaba parte de la intensidad de su placer en un alarido.

- “Date la vuelta, pequeña, quiero ver ese culazo botando sobre mi estaca y quiero azotartelo mientras te corres”, ordené satiramente, disfrutando del tono de mis palabras y de su mirada de placer al oírme decírselo.


Dificultosamente se incorporó dejando escapar mi sexo de su cavidad. Apareció ante mi, mi polla, brillante por sus jugos, apuntando al techo del salón y hasta mi nariz llegó el aroma de su sexo. Me embriagaba. Me excitaba.


De nuevo se dejó caer sobre mi polla y esta vez se apoyó en mis rodillas. Se incorporó hacia delante, regalándome una panorámica perfecta de su coñito, dilatado para albergar el grosor de mi pene, enrojecido por la excitación y el placer y resplandeciente por la cantidad de flujo vaginal que lubricaba sus labios mayores. Comenzó entonces a cabalgarme. Esta vez subía y bajaba por mi ariete, trepando lentamente para dejarse caer con fuerza sobre él. El chapoteo que me devolvía su coño incendiaba mi animo y una nalgada restañó en el salón, violenta e inesperada. Su reacción fue inmediata, un alarido de placer.

- “Massssssssssss”, me exigió lujuriosa.


No tardé en complacerla y la marca de mi mano derecha empezó a aparecer sobre sus glúteos, marcando perfectamente el contorno de mi mano y mis dedos. Las nalgadas reverberaban por el salón, confundiéndose con los alaridos de placer y las imprecaciones e insultos que me regalaba, retándome.

- “Mas fuerte, cabrón, dame mas fuerte, quiero acordarme de ti cuando me siente”.


No tardó de nuevo en chillar que se corría otra vez, y con una serie de espasmos nerviosos e involuntarios, se dejó ir de nuevo sobre mi polla. Que delicia sentir como su pozo se llenaba de jugos, como la humedad de su entrepierna aumentaba e inundaba mi entrepierna, mi pubis, mis testículos, goteando por entre mis piernas hasta el sofá.


Su cuerpo se tensó y una serie de estertores incontrolables recorrieron su espalda, haciendo que se moviera sobre mi polla, aumentando aun mas las sensaciones de su descarga.


Cuando su cuerpo se recuperó del éxtasis, cuando su respiración comenzó a volverse mas rítmica y de nuevo sus caderas comenzaban a moverse.

- “Túmbate en el sillón, que te voy a follar bien follada. Justo como te lo mereces”, le indiqué al tiempo que marcaba sobre su espalda con mis uñas seis trazos rojos desde sus hombros hasta el nacimiento de sus nalgas.


Obediente, se tumbó a mi lado y cogiéndose por las rodillas se ofrecía, completamente abierta a mi. Que visión, tumbada en el sofá, con sus tetas bamboleándose al ritmo de su respiración, con su hendidura abierta y expuesta, y con esa mirada de viciosa asomando entre sus pechos.


Coloqué sus piernas en mis hombros, dirigí mi polla a su agujero, dejando solo introducido en ella un par de milímetros de mi glande. Su cuerpo se movía expectante buscando mas cantidad de polla, como una viciosa hambrienta de que la taladren duramente. Cogí sus muñecas y sujetándolas contra el sillón y mirándola directamente a los ojos, le descargue el golpe mas violento de caderas posible.


Se quejó de dolor, esta vez se la había clavado hasta el fondo de verdad. Golpeando con ganas el fondo de su sexo, se retrajo momentáneamente por la sorpresa y por la sensación de estar rompiéndose por dentro, pero sin solución de continuidad me lancé a penetrarla con fuerza y rapidez.


Comenzó otra vez a gritar, a chillar, a querer librarse de la tenazas de mis dedos en sus muñecas. Intentaba expulsarme de ella empujándome con sus piernas, pero entre la postura favorable para mi, mi peso y la presa que hacia en sus muñecas sus intentos solo conseguían que me clavara en ella con mas intensidad, con mas placer y así en unos pocos empujones estaba a punto de descargar una nueva andanada de espesa esencia en su interior.

- “Y ahora te voy a llenar el coño. Quiero ver como te chorrea mi leche y quiero grabarlo, para poder ver cada vez que me apetezca lo zorra que eres Victoria”, la espeté autoritario.


No se hicieron esperar mucho la consecuencias deseadas y me chilló que otra vez se venia, que se venia conmigo, que quería acabar al mismo tiempo que yo.


Aumenté la velocidad de mis acometidas y cuando sentí por fin que me disparaba, me clavé de nuevo hasta el fondo de su sexo.


Nos corrimos los dos gritando, aullando, resoplando como animales salvajes enzarzados en una lucha de poder. No importaba quien ganase, no importaba quien perdiese, solo importaba el placer, el gozo, el éxtasis que nos hacia entregarnos, ella mojándome, encharcándose y yo vaciándome en su interior, contra el fondo de su sexo. Mi lechada blanca y grumosa golpeaba su interior aumentando las sensaciones de su propio goce y por las contracciones de su sexo del mio propio.

- “No te muevas Victoria, quiero grabar como mi leche chorrea de tu coñito”, le dije mientras aprovechando el momento en que mi miembro resbalaba fuera de su chocho, me acerqué hasta la cámara y la recogí, enfocando su sexo, rojo, húmedo y lleno de mi simiente.


Un pequeño rio blanquecino comenzó a correr por sus labios mayores, guiando su camino hacia el ano. No pude contenerme y ansioso, absorbí mi corrida, mezclada con sus flujos. Que extraña y placentera sensación.

- “Damela cabrón, dame tu leche calentita, déjame que me la beba, escupemela en la boca”, me imploró.


La idea me atraía. Me excitaba saber que era una tragona golosa, me excitaba saber que disfrutaba de mi sabor. Recogí, ayudado por mi lengua, toda mi corrida, limpiando su vulva de mi esperma y sus flujos. Coloqué de nuevo el trípode, enfocando esta vez solo su boca, abierta, su lengua voraz buscando mi regalo y cogiéndome a su cara me separé lo suficiente de ella como para poder observar como la primera gota de ese mejunje que era mi semen, sus jugos y mi saliva, se dejaba resbalar de mi boca y caía a plomo sobre su garganta.


Gimió, al sentir como el liquido de nuestro placer golpeaba su campanilla.


Dejando una buena ración de cóctel escurrir entre mis labios y jugando con ese goteron, lo escupí sobre su labio superior. Impaciente y sedienta recogía con su lengua y con su dedo hasta la ultima parte de engrudo, engullendolo. La ultima parte se la escupí directamente a la garganta. Con autentico placer sádico, esputé el resto de nuestras corridas en el fondo de su boca.


Cuando terminó de degustar mi regalo, me dejé caer a su lado. Puse de nuevo la cámara en pausa y paseé mi mano, distraída por su muslo. Nuestras respiraciones fueron calmándose al tiempo que nuestros cuerpos, cálidos por el esfuerzo y por las descargas de placer obtenidas, se juntaban el uno al otro para disfrutar del placer de ese calorcito añadido al nuestro.


Nos besamos con dulzura, con calma y por fin con mimo. Sonreímos, nos miramos con agradecimiento, teníamos esa expresión de dulce satisfacción que se queda plasmada en la cara después de una buena corrida.

- “Dentro de un rato, te voy a llevar a la cama, te voy a comer ese coñito tan rico que tienes hasta que te corras. Te voy a follar con mi lengua hasta que te corras. Te voy a chupar el clítoris mientras te follo con dos dedos hasta que te corras. Te voy a masturbar con tres dedos hasta que te corras. Te voy a meter toda la mano y follarte con ella hasta que este corras. Te voy a penetrar de lado y follarte y masturbarte el clítoris hasta que te corras. Voy a ponerte a cuatro patas y te voy a taladrar ese coñito de viciosa que tienes, hasta que te corras. Después seguiré un poco mas pero con mi dedo pulgar hundido en tu culito hasta que te corras. Te acostare boca arriba y te lo haré al misionero, mientras los dedos de mi mano derecha destrozan tu clítoris, mis dientes se encargan de tu pezón izquierdo y los dedos de mi mano izquierda pellizcan tu pezón derecho, hasta que te corras. Y entonces, te la voy a sacar y me voy a correr sobre tus tetas para poder disfrutar del espectáculo de ver como te las devoras para tragarte hasta la ultima gota de mi leche”, le susurré al oido, tomándome mis pausas para cada corrida, “Y lo vamos a hacer viendo este vídeo, para que veas lo zorra que eres, lo mucho que me pone y ademas lo grabaremos para que veas lo puta que puedes llegar a ser”. 

Una noche loca. Colaboracion de Cariguay

Como había hecho durante toda la semana, Carlos vino a buscarme poco antes de la hora de cenar. Ese día vestía una faldita muy corta para mi cita. Aunque me venia a buscar en moto y hacía un poco de frío, no suponía ningún problema. Sabia que a él le gustaba que exhibirme, le excitaba mostrarme.


Yo no solía ser así, no me gustaba provocar, pero ese día quería complacerle.


Cuando me recogió nos fuimos a cenar. La cena no duró mucho. Conversábamos, pero no podíamos evitar que el deseo se reflejara en nosotros. Teníamos ganas de besarnos, de abrazarnos, de sentirnos. Mi voz temblaba de impaciencia, por el anhelo de ser acariciada como siempre lo hacia, de que fuésemos el uno para el otro, de entregarme en sus brazos y recibirle en lo mas profundo de mi, pero ese día tocaba esperar.


Habíamos quedado con un amigo suyo, dueño de un local liberal, para preparar una fiesta. Una fiesta que Carlos estaba organizando para Claudia y para mi. Decidí callar y escuchar como planeaban cada detalle de aquella fiesta.


A medida que les iba escuchando me iba quedando más perpleja, pero también cada vez mas excitada. Era una fiesta en la cual iba a haber una rifa y los premios éramos Claudia y yo. Cada vez mas húmeda. Lo tenía todo preparado, tan solo Claudia y yo para todos los chicos que se apuntasen a la fiesta. Cada vez mas excitada.


Su mano se deslizaba distraídamente por mi pierna, suavemente, cada vez más próxima a mi coñito, que destilaba sus jugos provocando una lubricación que sin lugar a dudas no tardaría en disfrutar. Cuando sus dedos alcanzaban mi sexo me frotaba con ellos. Mi cuerpo lo recorría entonces un pequeño escalofrío, mis ojos se cerraban y mis dientes mordían mi labio inferior y de mi boca tan solo salía un pequeño gemido que parecía que iba a romperse en un grito en cualquier momento.


Terminamos la charla, la copa y decidimos irnos. Montamos en la moto y nos fuimos a otro local de intercambio. Allí, por fin, nuestros cuerpos saciarían el deseo que llevaban acumulando toda la noche, pero al llegar nos dimos cuenta que el local estaba cerrado.


Era demasiado tarde para ir a otro local. Nos pillaban un poco apartados. Y también para buscar un hostal. Bajamos de la moto y tranquilamente nos sentamos en un banco mientras pensábamos en que hacer. Carlos se encendió un cigarrillo. Esa noche hacia un poco de frío, pero mi cuerpo estaba tan caliente que apenas lo notaba. Tan solo tenia ganas de sentirlo dentro de mí. Durante un buen rato estuvimos pensando donde ir a aplacar nuestro deseo y en un momento de locura, y digo de locura porque yo nunca jamás hubiese reaccionado así, le dije.

- “Follame aquí”.


Su cara era todo un poema. No se lo podía creer. Algo así saliendo de mi boca, no era lo normal, pero yo se lo repetí.

- “Fóllame aquí, rómpeme las medias y clavamela aquí mismo”.


No tardó en reaccionar. Me subió encima de él, me rompió las medias y me retiró el tanga. Después se bajo la bragueta y dejó libre su polla, no hubo ningún tipo de problema, su hombría estaba lo suficientemente dura. Estaba tan caliente o más que yo. No se entretuvo mucho, se resguardo en mi coñito, húmedo, caliente y que con tantas ganas le esperaba, rápidamente, brutalmente, tal y como a mi me gustaba.

No era demasiado tarde, por lo que aun quedaba gente por la calle. Pero en lugar de cortarnos, añadía un extra de morbo al placer que aquella cabalgada empezaba a hacer circular por mi cuerpo. Su boca me susurraba las ganas que tenia de tenerme así. Sus manos abarcaban mi culo, ayudando a mis piernas en el placentero trabajo de subir y bajar sobre su inhiesto pene. Mi cuerpo temblaba, contenía los gritos que de mi boca querían salir y el ritmo de nuestra follada aumentaba. Mi espalda parecía quebrarse con cada penetración, Cada vez eran más fuertes. Mis gemidos cada vez eran más seguidos.


De pronto, un orgasmo me sorprendió.


Mi cabeza se reclinó hacia atrás, doblando mi espalda. Un pequeño grito escapó de mi boca, imposible de retener. El placer me embargaba. Sus manos subían por mi espalda, empujándome contra él, juntando nuestros labios, besándonos y abrazándonos. Acarició mi espalda y deslizo las manos por mi espalda hacia mi culo, agarrándolo fuertemente y comenzando una nueva montada. Apenas estaba recuperada de mi anterior orgasmo. Ya no podía aguantar mas y mis gritos eran imposibles de calmar. Cada vez me golpeaba más fuerte contra él hasta que por fin el orgasmo nos llegó a los dos.


Una voz desgarrada salió de mi garganta, mis manos se crisparon fuertemente en su espalda, estaba en la gloria. Muy despacito me acerque a él, le besé, nos miramos y tan solo le dije.

- “Gracias”.


Me bajé de él. Nos besamos. Nos recompusimos la ropa. Él se encendió un cigarrillo y mientras se lo fumaba, estuvimos comentando lo que acababa de suceder y lo que nos había gustado.


Cuando se acabó el cigarrillo montamos en la moto y nos dirigimos de vuelta a mi casa. Yo no dudaba de que Carlos aprovecharía cualquier rincón oscuro para volver a poseerme en la calle.


Y así fue.


Cuando se decidió por un sitio, aparcó la moto. Nos bajamos, me quité el casco y le sonreí, excitada. Rápidamente su mano buscó mi cintura para subirme en la moto, ni yo misma me conocía, iba a ser penetrada por Carlos en un hueco en una gran hilera de aparcamiento, enfrente de un bloque de pisos, desde el que cualquiera podría vernos. Pero mi cuerpo pedía mas. Separé las piernas y él terminó de romper las medias, destrozó el tanga de un tirón y de nuevo me penetró salvajemente de un solo empellón. Agarrándome de las caderas y manejándome a su antojo, comenzó a moverse. Su pubis golpeaba mi sexo con cada nuevo empujón. Rápidamente, el silencio de la noche se lleno con el chapoteo que mi sexo, inundado de mis flujos y su semen, devolvía a cada bombeo de su pelvis contra mi entrepierna.


Yo intentaba que mis gemidos no fuesen muy escandalosos. Su rostro era la mascara del deseo puro y duro, la lujuria se reflejaba en su mirada, una mirada torva y encendida que me decía que la locura y el deseo, se apoderaban de él, haciendo que cada vez me penetrara mas fuerte.


Cuando el orgasmo se apoderó de mi cuerpo, este convulsionó presa del éxtasis y mi espalda se arqueó sobre el asiento de la moto. Mi cabeza se echo hacia atrás y entonces un escalofrío atravesó mi espalda, aumentando las sensaciones que aquel clímax estaba provocando en mi mente. Mis ojos pudieron ver un desconocido asomado en la terraza. Yo disfrutaba mientras aquel desconocido me observaba y eso me ponía mas cachonda. Mi placer aumentaba mientras mi mente imaginaba que pensamientos oscuros y sexuales correrían por su mente en aquel momento.


Cada vez gemía más fuerte. Hacía tiempo que quería que me follase encima de su moto y ese día, finalmente, había llegado. Mientras me sujetaba por las caderas con una mano, con la otra acariciaba traviesamente mis pechos. Pellizcaba con dureza mis pezones, haciendo que mi vagina se llenara de mis jugos. Después de ello comenzó a besarlos, a chuparlos, a morderlos. Lo cogí de la cara para poder besarle y pedirle que me diera la vuelta. Así lo hizo.


Me dio la vuelta, me subió la falda y allí apoyada contra su moto, volvió a penetrarme. Con un solo golpe, fuerte y seco, me clavo su miembro hasta que sus pelotas golpearon mi vulva. Se cogió a mi cintura y comenzó a follarme cada vez mas duro. Mi voz volvía a romperse. Las penetraciones cada vez eran mas profundas o por lo menos yo así lo sentía. No quería que parase el orgasmo que estaba a punto de llegarme y sin duda debió de adivinar mis intenciones, por que cuando el clímax empezaba a asomarse a mi sexo, se retiro de mi interior, dejándome frustrada y excitada.


Un instante después, estaba de nuevo perforando mi hendidura con su ariete, llevándome de nuevo al punto en que me había parado la vez anterior. Allí estaba de nuevo, con un solo grito acompañándolo que decía “Siiii.” y sus caderas reducían su cadencia de penetración, deteniendo mi orgasmo justo en la puerta, que cabrón. Mientras sus manos acariciaban de nuevo mis pechos. Cuando mi cuerpo comenzó a relajarse, su mano derecha agarró mi cara y la giró para besarme.


Suavemente empezó de nuevo a subir el ritmo de entrada y salida de mi coñito. Mi mirada se desvió hacia aquel desconocido que nos observaba atentamente, sin perder detalle, y seguro que con ganas de participar en la pequeña fiesta que teníamos montada. Su mano bajó hacía su pantalón y pude ver como se desabrochaba, como bajaba su bragueta y como agarraba su miembro, que ya tenía un tamaño considerable. Pude ver como se masturbaba mientras nos miraba. Carlos siguió mi mirada hasta aquel desconocido que se tocaba mientras nos veía.


Aquello debía de excitarle, a nosotros muchisimo.


Su cadera aceleraba cada vez mas, mi manos se agarraban fuertemente a la moto, como queriendo arrancar el asiento de su sitio. El calor que su sexo, enterrado dentro de mi, transmitía hacia que mis gritos aumentaran cada vez mas en numero y volumen. Los de él, también.


Sus golpes cada vez eran más salvajes, cada vez me sentía mas a punto de romperme y el hombre desconocido cada vez se la meneaba mas rápido. Ya no aguantaríamos mucho.


El orgasmo nos llegó a los tres.


Yo me descargue en un éxtasis cruel y salvaje que se transmitió a todo mi cuerpo presa de una serie de temblores espasmódicos. Carlos derramó de nuevo su simiente en el fondo de mi sexo, en borbotones violentos y espesos que golpeaban contra las paredes interiores de mi sexo aumentando con ello las sensaciones de mi clímax. El desconocido debió de terminar también pues cuando abrí los ojos, ya no estaba en el balcón.


Me incorporé y así pude abrazarle y besarle. Volví a darle las gracias por aquellos momentos que me hacía pasar y disfrutar, mientras allí abrazados Carlos colocaba de nuevo la falda sobre mis glúteos y recomponía el escote de mi camiseta. Recuperábamos el aliento lentamente, cuando Carlos aprovechó la situación y clavo dos dedos de su mano derecha en mi sexo. Los removió dentro y cuando los saco, brillantes de jugos, una mezcla de su semen y mi flujo, los llevo hasta mi boca, donde ansiosa y agradecida los chupé hasta dejarlos limpios.

- “No te olvides de que pasado mañana te van a follar ocho”, dijo, provocando una oleada de temblores en mi espalda.

Forzada y regada

Son una pareja de Guadalajara. Ella es muy, pero que muy, puta. Es una sumisa, esclava de su marido y él la utiliza sexualmente como quiere y la cede a sus amigos para que se la follen como y por donde quieran. Disfruta viéndola llena de polla por todos sus agujeros, chillando como una perra y con su cara de zorra viciosa llena de leche de otros machos.


Conocí a su marido en un foro de cornudos y no tardamos en comenzar a planear a través de WhatsApp nuestro encuentro. Yo no quería que fuera un simple polvo, quería que ella disfrutase como la putita que es, así que quede con un conocido, con el que he montado algún trío. Mi amigo tiene una polla enorme y tiene tanto vicio y morbo como yo o mas.


Y allí que nos fuimos los dos a Guadalajara. Por el camino, planeamos como nos la follaríamos, las guarradas que le obligaríamos a hacer, como poseeríamos su cuerpo y como la bañaríamos con nuestra leche, todo ello, mientras el cornudo de su marido, miraría toda la escena.


Habíamos decidido hacernos pasar por unos vendedores, colarnos en su casa y forzarla.


Como ya me había contado el marido, sus normas la obligaban a estar muy ligera de ropa cuando el no estaba en casa. Cuando llegamos a su puerta y nos abrió, pudimos apreciar la delicia de aquella norma. Al otro lado de la puerta estaba ella, con una camiseta negra transparente, sin sujetador y un delantal de cocina encima. No pudimos evitar quedarnos fijos en sus pezones, marcados en la traslucida tela y que se fueron hinchando por momentos. Nos presentamos como comerciales de Telefónica y le ofreciéndole un pack de comunicaciones. Después de charlar un rato con ella en la puerta, notando cómo nuestros ojos no paraban de mirar sus tetas y con mirada de niña traviesa, nos dejó pasar.


Según iba delante de nosotros, moviendo aquel culo rotundo, aquellas nalgas atravesadas por la tela oscura de las braguitas brasileñas que dejaba entrever la tela de su camiseta, mi amigo, desde atrás, le puso la mano en la boca y le dijo al oído que era una puta cerda, que nos había invitado a follarla con esa ropa y que la íbamos a llenar de polla todos sus agujeros mientras le apretaba las tetas con la otra.


Ella puso cara de sorpresa y su cuerpo en tensión, no se lo esperaba, incluso pareció resistirse algo, pero yo creo que se puso a mil con la situación. Cuando me arrodillé delante de ella, mientras mi amigo con una mano le tapaba la boca, la mordía en el cuello y le sobaba las tetas con la otra, aprovechando para pellizcarle los pezones, y le bajé las bragas hasta los tobillos, tenía el coñito encharcado, totalmente mojado, expectante de caricias, de sexo, de leche de macho.


Separé sus labios mayores con mis dedos y hundí mi cara en su entrepierna, empapándome con sus jugos. Comencé a chuparle el clítoris como si de una pequeña polla se tratara. Devoraba su sexo recogiendo todos sus flujos, abundantes y salados. Ella temblaba de placer y me agarraba la cabeza, hundiéndola más entre sus piernas.


Cuando mi amigo soltó su boca, solo escaparon de sus labios gemidos de placer. Ahora a manos llenas, mi compañero se dedico a disfrutar de sus grandes senos, sopesándolos, estrujándolos, apretándolos, hasta que centrándose en sus pezones, los pellizcó con fuerza y consiguió que un grito de placer y dolor conjunto llenara el salón. Acelere el ritmo de mi cunnilingus y cuando se recomponía de aquel chillido, se descargo en un orgasmo contra mi cara, temblando espasmódica y sin control, mientras regaba mi cara con sus flujos.


Mi amigo se puso, entonces, delante de ella. La agarro del pelo, tiró de ella hacia abajo haciéndola hincarse de rodillas a sus pies, se sacó esa enorme polla que tiene y le dijo:

- “Venga guarra, ahora vas a chupar una polla de verdad”, metiéndosela entera en la boca.


Empujaba su polla cada vez más adentro, obligandola a tragar cada vez mas, diciéndole lo puta que era. Ella se esforzaba en tragar aquel ariete, pero parecía que iba a terminar vomitando, aunque la muy guarra se agarraba a los huevos para ayudarse a hundirla más, a llegar hasta su garganta.


Me coloqué detrás de ella. Tiré de sus caderas hacia mi, colocandola a cuatro patas. Me saqué el rabo, y gracias a que su coño era un charco, se la metí hasta las pelotas de un solo empujón, sin miramientos, sin cuidado alguno, queriendo partirla en dos, destrozarle el coñito, violentarla como a ella le gustaba. La fuerza de mi empellón hizo que se tragara aun más la polla de mi amigo.


¡Como estaba ya la muy puta!. Era una zorrita salvaje, una autentica viciosa que solo quería sexo guarro, fuerte, violento y duro. ¡Cómo empujaba su culo hacia mí para que se la clavara más fuerte!, ¡cómo mamaba la muy guarra!, ¡como chillaba con la polla de mi amigo en la boca!, ¡como clavaba las uñas en las nalgas de mi amigo para obligarlo a metérsela hasta la garganta!.


Mi amigo y yo le decíamos de todo: “come polla, cerda mamona”, “te voy a destrozar el coño de puta que tienes, guarra”, “eres una autentica zorra”, “si es que ya se te veía la cara de puta”, “así es como se trata a las zorras como tu”, mientras mi amigo tiraba de su melena y yo azotaba sus glúteos.


Ella estaba fuera de sí. Se corría una y otra vez, encadenando sus orgasmos. Empecé a meterle un dedo en el culo mientras la follaba, haciendo círculos, cada vez mas grandes, para dilatárselo. No tardó en recibir el segundo, ni el tercero. Apenas tuve que hacer muchos esfuerzos, la muy puta tenía el culo ya muy abierto.

- “Ahora te vamos a romper el culo, puta”, le dije.


Entonces mi amigo se la sacó de la boca y me dijo.

- “Déjame a mí. Le voy a destrozar el culo. Le voy a meter la polla hasta la garganta, otra vez, pero esta vez desde atrás”.

- “Eso es, con ese pedazo de polla se lo vas a destrozar de verdad”, fue toda mi contestación.

- “Llénale la boca de polla para que no pueda gritar”, me dijo mientras se colocaba entre sus piernas.


Y así lo hice. Le puse mi polla en la boca y haciendo una ligera presión se la introduje hasta la garganta, notando como su campanilla golpeaba mi glande. Mi amigo puso la punta de su enorme polla en el agujero de su culo y empezó a presionar. Ella abrió los ojos, desorbitados, cuando notó como se le abría el culo con aquel manubrio. Pero tenía la boca llena con mi pene y no pudo decir nada inteligible, solo una especie de gorgoteo que aunque sabíamos que era una queja, nunca se toma en cuenta de las zorritas como ella.


Cuando tenía un tercio de polla metida en su esfinter, ella empujo hacia atrás para clavársela entera de una sola vez. Sus ojos se pusieron en blanco cuando la tuvo clavada hasta los huevos y comenzó a mamármela desesperada, como si quisiera devorármela, tragándosela entera con furia, mientras mi amigo le follaba el culo salvajemente. Cómo disfrutaba la muy puta y nosotros parecíamos salvajes follándola.


Cuando sus fuerzas comenzaron a fallar, salimos de ella. Quedo desmadejada, en el suelo, apenas si podía moverse. Mi amigo se tumbó en el suelo y cogiéndola por la cintura la coloqué sobre él.

- “Abre bien la piernas, puta, que vamos a follarte los dos a la vez”.


Y así ella fue dejándose caer, clavándose a mi amigo en su coño, poco a poco, hasta hacer desaparecer dentro de ella toda esa polla. Remojaba sus labios con la lengua, en un gesto de vicio extremo. La tumbé completamente sobre el pecho de mi amigo y después de escupir en el agujero de su culo, apoye mi glande contra él. Gracias a la enculada previa, apenas me costó trabajo que le entrara hasta los huevos. Una vez los dos estábamos dentro de ella empezó a chillarnos:

- “Folladme el coño y el culo cabrones, partidme en dos con vuestras pollas”.


Así que empecé a moverme dentro de su culo mientras mi amigo mordía su cuello sin compasión. Ahora no tenía la boca llena de polla y empezó a gritar de gusto y a pedir más polla, a pedir que la folláramos fuerte, que era nuestra perra. No paraba de correrse, una y otra vez, seguro que ya había perdido la cuenta de cuantas veces se había corrido, la muy puta.


Tenia unas ganas enormes de regar su cara de puta de leche, pero preferí esperar y hacer otra cosa.


Sentir como mi amigo destrozaba su coño con aquella herramienta, mientras le gritaba todas aquellas barbaridades, sentir a la putita, corriéndose descosida, gritando como una puta cerda, me hizo enloquecer de deseo y comencé un meteysaca brutal. La sacaba completamente de su culo y se la volvía a hundir de un solo golpe.


Nuestros chillidos, los de mi amigo y míos, inundaban la estancia, a ella ya no le salía la voz de la garganta.


Mi amigo se volvió loco. Nos empujó a los dos hacia atrás, quedando yo tumbado, ella encima de mi, totalmente ensartada por su ano en mi polla y empezó a follársela salvajemente por su coño. Eso fue ya demasiado para ella. Yo creo que incluso se desmayó, por que aquella verga, sino hasta la garganta, si debía de estar llegándole hasta el estomago, perforándola el chochito violentamente, cada vez mas fuerte y mas deprisa. Mientras la agarraba del pelo con una mano, con la otra le azotaba los pechos. Ya no pude más y le llené el culo de leche, chillándole:

- “Toma leche putaaaaaaaa….!”.


Mi amigo tampoco aguantó más y poniéndose en tensión, le relleno el coño con la suya.


Mi amigo, con su polla aun dura, salió de su sexo y se coloco de rodillas, machacandosela, al lado de su cara. No hizo falta que me explicara mas. Me desembaracé de ella y la deje desmadejada sobre el suelo. Me arrodille al otro lado y comencé a masturbarme yo también.


- “Abre bien la boca zorra, que te vamos a dar una buena ración de leche caliente de hombre, para que te recuperes”, dijo mi amigo.


Primero mi amigo y a continuación yo, descargamos contra su cara una nueva corrida. Pintando su cara con nuestro esperma, con goterones de espeso semen que caían sobre sus mejillas, sus ojos y su boca, que completamente abierta y con la lengua fuera, tragaba con gula nuestra corrida.

Su marido, el muy cabrón, había estado todo el rato mirando la escena desde el quicio de la puerta. Vino hacia nosotros con su polla en la mano, se arrodilló junto a su mujer y termino de masturbarse con dos golpes y regando con su lechada las tetas a su mujer.

- “¿Qué, puta, te ha gustado la sorpresa que te he preparado con mis amigos?”, le preguntó entrecortadamente.


Ella se levantó, mirándonos con cara de zorra viciosa, y le dijo:

- “Que cabrón eres, no sabes cómo me he corrido, estoy llena de leche”, señalando el reguero de esperma que manaba de su coño, de su ano, el rastro de nuestra corrida en su cara y en la comisura de sus labios, para terminar restregando la leche de su marido por sus tetas, enrojecidas por los azotes de mi amigo.

A la luz de la luna

La oscuridad de la noche se rompía por la luna llena que, de vez en cuando, conseguía atravesar el escudo de nubes que cubría el cielo. Aun así, la temperatura era cálida y la ligera brisa me ayudaba a mantener a raya la transpiración que la mezcla de ejercicio, ansia y nerviosismo me provocaba.


Poco a poco fui aupándome hasta la ventana, sin perder de vista la calle y las ventanas vecinas, no quería ser descubierto en mitad del intento.


No sin esfuerzo, alcancé la ventana, corrí el cristal, que por suerte no estaba cerrado completamente, y me deslicé dentro del salón sin hacer ruido.


Sentado en el suelo del salón, esperé a que mi respiración se tranquilizara, ya que intentar calmar el ritmo de mi corazón iba a resultar imposible. No por que el esfuerzo de colarme en aquella casa fuera mucho, sino por las intenciones que llevaba con ello.


Me desnudé tranquilamente y deposité toda mi ropa y calzado en la mochila. Me aclimaté a la escasa luz que los testigos de la televisión y demás aparatos eléctricos irradiaban por el salón y localicé el pasillo. Avancé lentamente, atento a cualquier ruido que pudiera alterar el plan que se dibujaba en mi mente.


Llegué hasta la última puerta y me apoyé ligeramente en ella. La puerta cedió y comenzó a abrirse lentamente. “No esta cerrada”, pensé.


Me deslicé dentro de la habitación y de nuevo me retuve para controlar mi respiración. Hasta ahora todo había sido relativamente sencillo, lo difícil comenzaba en ese momento. Un claro entre las nubes permitió a la luna inundar de claridad el cuarto y pude apreciar mi objetivo. A través del ventanal del balcón se colaba la luz suficiente para poder apreciar las formas de ella.


Acostada boca arriba con las piernas ligeramente ladeadas, los brazos reposando a los lados de su cuerpo, la sabana, enrollada en sus piernas, tapada solo hasta el ombligo, dejando al descubierto sus pechos. Grandes, redondos y de aureola oscura, se curvaban hacia los lados de su cuerpo, agitándose apenas perceptiblemente por los movimientos de su respiración.


Los labios ligeramente abiertos y su pelo arremolinado contra la almohada me dieron ganas de saltar sobre ella, de poseerla allí mismo, así mismo.


Mi sexo comenzó a despertar, en parte por la visión de la que disfrutaba y en parte por la excitación que me provocaba saber lo que iba a ocurrir.


Con mucho cuidado y muy despacio tiré de la sabana hasta que sólo la tapaba de rodillas para abajo. Al descubrir sus caderas, una tira de goma negra me fue descubriendo unas braguitas de algodón negro que cubrían mi objetivo, su sexo, cuya hendidura se marcaba en la tela.


La brisa que comenzó a acariciar su cuerpo, hasta entonces protegido por la sabana, hizo que sus brazos se cerraran sobre sus costados pero también que sus pezones se oscurecieran, contrajeran y erizaran.


Me quede allí, desnudo, erecto y anhelante durante algunos instantes, observando su figura y memorizando cada una de sus curvas, aquellas curvas que deseaba recorrer, saborear, poseer. Deslicé entonces la yema de mis dedos desde su hombro hasta el nacimiento del cuello y desde allí al canal que separaba sus pechos. Muy suavemente recorrí primero el contorno de un seno y después el del otro.


Su piel, tibia por el estado de somnolencia en que se encontraba, comenzó a reaccionar al estimulo de mis caricias y noté como se erizaba alrededor de la zona acariciada. Un gemido apenas audible se escapó de su boca y me hizo detener mi caricia. Era demasiado pronto para que se despertara.


Giró su cabeza y de nuevo comencé a rozar sus senos. Sus pezones estaban ya completamente despiertos. Recorrí el contorno de sus aureolas muy lentamente, con mucho cuidado de no tocar sus pezones.


Sus piernas se abrieron ligeramente.


Dejando una mano en su pecho, deslice la otra por su vientre. El aire se llenó entonces su aroma de mujer. Sus caderas se movían apenas un milímetro, trazando círculos, imitando con ello la caricia de mis dedos en sus senos. Traspasé la frontera de sus braguitas y bajé por su muslo hasta la rodilla, me desvié hacia el interior y comencé a trazar allí también círculos, muy despacio, cada vez mas arriba, con mucho cuidado de no llegar nunca a tocar los dos muslos a la vez. Sus piernas se separaban al ritmo que mis dedos ascendían.


Motivado por sus gemidos, cada vez más profundos, cada vez más seguidos, llevé un poco más lejos mi caricia en sus pechos y rocé su pezón. Su espalda se arqueó, un gemido más prolongado, sus piernas se abrieron más, su mano comenzó a acariciar su torso y su lengua humedeció sus labios.


Subí mi mano por su pierna un poco más, casi podía sentir el calor que desprendía su sexo. El siguiente movimiento era la clave de todo.


Pellizqué suavemente su pezón.


Su cuerpo tembló, sus piernas se abrieron totalmente, mi mano salió entonces disparada, acaparando toda su vulva en la palma de mi mano. Gimió fuertemente y abrió sus ojos completamente. Mi boca se aferró a la suya, mientras su mano intentaba apartar la mía de su sexo y cerraba sus piernas, de repente, en un intento por detener mi caricia. Sus ojos se clavaron en los míos, con una mirada de excitación, sorpresa, deseo, miedo e incredulidad.


Apostando todo al negro, pellizqué con fuerza su pezón al tiempo que la besaba intensamente.


Sus manos dejaron de pelear conmigo y se relajaron al tiempo que se vaciaba en un gemido rotundo que se derramó directamente en mi garganta. Su cuerpo comenzó entonces a despertar del todo al ritmo de mis caricias. Mis dedos no evitaban ya ninguna caricia sobre su cuerpo. Sus pechos recibían toda la atención de mi mano derecha, amasaba sus senos, acariciaba su redondez, golpeaba ligeramente sus pezones y los pellizcaba con pasión, haciendo que me regalara una serie de gemidos directamente en mi oído al tiempo que mis labios saboreaban su cuello.


Mis dedos, escarbando por el lateral de sus braguitas, estimulaban su sexo, extendían por toda su rajita la lubricación que escapaba de su vagina y buscaban la caricia directa sobre su clítoris. Cada pequeño contacto que recibía se traducía en un espasmo de su cuerpo, que llevaba sus caderas contra mis dedos, buscando mas contacto.


Deslicé entonces un dedo dentro de ella. Me introduje de una sola penetración, lenta, pausada, potente, hasta enterrar mi falange completamente en su sexo.


Su sexo, cálido, húmedo, suave, palpitante.


Bajé mi cabeza hasta su pecho. Me apoderé de su pezón son mis labios. Lo lamí, lo chupé, lo mamé, lo mordí, lo circunvalé con mi lengua, mientras mi mano hacía lo propio con su compañero. Sus manos presionaban mi cabeza contra ella, quería más, deseaba más, necesitaba más.


Ya no gemía quedamente. Alternaba los gemidos a cielo abierto con gritos contenidos, que hacían crecer en mí aun más las ganas de ella.


Con otro movimiento, le introduje un segundo dedo en su sexo y dejé a mi pulgar dibujar la curvatura de su hendidura buscando el contacto con su clítoris. Apenas pudo contener un grito salvaje. Su pelvis comenzó un movimiento rítmico que decidí aprovechar. Afiancé la posición de mi mano entre sus piernas, con mis dedos completamente enterrados en su hendidura y mi pulgar contra su botoncito. Ella hizo el resto del trabajo. Su velocidad aumentaba al ritmo de su respiración, pero de vez en cuando se ralentizaba, para retardar su placer.


Me concentré en su ritmo, intentando adivinar cuándo iba a pararse, para hacerla venirse sobre mi mano. En cuanto calculé su ritmo, la dejé hacer hasta la siguiente pausa y entonces la masturbe rápidamente, con fuerza, con ansia por verla correrse, por verla llegar al clímax. Sus piernas se cerraron intentando detener el movimiento de mi mano, pero sólo consiguió aumentar las sensaciones que el vaivén de mi brazo le transmitía, lo que la hizo estallar en un orgasmo.


Se mordió un dedo para acallar el grito que pugnaba por llenar el aire de su cuarto y que acompañaba al orgasmo que mojaba su sexo, mi mano y sus braguitas. Un orgasmo que hacia temblar su cuerpo espasmódicamente, para hacerla descender al valle de su clímax lentamente. Su espalda arqueada y tensa por la intensidad del placer me acercó sus senos y, sin ninguna compasión, le mordí un pezón.


Entonces sí que chilló. Un chillido mezcla de placer y dolor. Sentí como su sexo se humedecía un poco más, como sus piernas se cerraban más aun sobre mi mano, como una corriente eléctrica recorría su espalda haciendo que todos y cada uno de sus músculos se agitaran presa de las sensaciones que mis dientes le provocaban.


Lentamente, la liberé de mis caricias, de mis dientes, de mis dedos, de mis manos y del peso de mi cuerpo sobre el suyo. Me recosté junto a ella, para observar como se recuperaba de aquel primer orgasmo que aun hacía temblar su cuerpo y que hacía arder su piel.


Hizo un intento por hablar, pero mi dedo, aun húmedo de sus flujos la silenció. Mirándola fijamente a los ojos, chupé con gula mis dedos, saboreando su éxtasis, disfrutando de la mezcla de sabores, difícil de explicar pero de un sabor muy agradable.


Se abrazó a mí y pude sentir sobre mi piel desnuda toda la calidez de la suya, toda la fuerza del clímax que aun mantenía su respiración agitada y aspirar el aroma de su placer. Ardía en deseos de ella. Me incorporé y la ayudé a levantarse, tuve que sujetarla un poco pues sus piernas no terminaban de responderla, la dirigí al balcón. Musitó “No, por favor, aquí no”. No sirvió de mucho. La acomodé contra la barandilla del balcón y me deslicé hasta quedar detrás de ella. Mis manos recorrieron sus costados y enganché con mis pulgares sus braguitas, las deslicé hacia abajo, terminando de retirar aquel trozo de tela que obstruía mi camino.


Abrazándola por detrás, de nuevo me apodere de sus pechos. Dejo caer su cabeza hacia atrás y de nuevo gimió para mí. Separé sus piernas y coloqué mi sexo contra el suyo. Mi glande me transmitía la humedad y la temperatura de su rajita. Arqueó la espalda, llevando hacia atrás sus glúteos, intentando conseguir la penetración, pero mi sexo acompañó su movimiento haciendo que no se juntaran más de lo que ya estaban. Me aferré fuertemente a sus caderas y de un empellón brutal la penetré.


Gimió de nuevo, al sentirse llena de mí. Mi nombre se escapo entre sus dientes. Su cuerpo tembló presa del placer.


Comencé, entonces, a follarla tranquilamente con penetraciones lentas y continuas. Disfrutando de la caricia de su vagina en mi miembro, de la calidez de su interior, de la humedad que impregnaba la tensa piel de mi polla, del olor a sexo que ascendía hacia mí, del chapoteo que se producía cada vez que mi glande abandonaba su vagina para regresar de nuevo a su interior.


Sus ojos cerrados, su cabeza caída hacia atrás, su pelo rozando mi pecho, sus pechos bamboleándose al ritmo de mis acometidas, la brisa de la noche sobre nuestra piel sudorosa, la excitación de estar de pie en aquel balcón, expuestos a ser descubiertos por algún vecino o paseante, hicieron su trabajo, y de nuevo, ella se corría para mí.


Una serie de pequeños temblores me indicó que se estaba corriendo. La dejé venirse lentamente. Aminoré el ritmo de mis acometidas en su sexo y reduje la profundidad de mis embestidas para que disfrutara con calma de aquel momento de éxtasis que recorría su mente.


Aprovechando la laxitud de su cuerpo la empujé un poco más hacia delante y apoyé su cuerpo sobre la barandilla, con sus senos colgando libres fuera del balcón. Afiancé mis pies y cuando sus espasmos se espaciaron lo suficiente, comencé por fin a penetrarla fuertemente.


La intensidad y la violencia de mis penetraciones hizo que su cuerpo saliera disparado contra la barandilla, pero mis manos aferradas a su cintura la atraían de nuevo hacia mi. Sus glúteos comenzaron a amortiguar la fuerza de mis empellones con un sonido seco y fuerte. Sus boca se abrió para dejar escapar una serie de gemidos y algún grito que me hizo aumentar aun mas la fuerza de mis embestidas.


- “¡Si!”, chillo por fin.


No necesitaba mucho mas para terminar. Mi mente transmitió la orden, “Descárgate”. Comencé a gemir a su espalda y aceleré el ritmo de mis enculadas. Me aferré aun mas fuerte a ella. Y sentí como una oleada de ardiente líquido nacía en la base de mi sexo y avanzaba por toda su longitud para derramarse contra el húmedo terciopelo de su interior.


Mi mente se desconectó y dejó que mi sexo tomara el control. Mi respiración, agitada, se interrumpía por los gemidos que descargaba sobre ella. Mi espalda se iba atenazando desde la nuca hasta el coxis, vértebra a vértebra.


Chillé con rabia, con ansia, con ganas, con placer, al tiempo que me descargaba dentro de ella. Sentía como mi esperma salía a borbotones desde mi sexo e inundaba cueva. Como una erupción de lava volcánica, salía despedido desde mi glande para alojarse en el interior de su útero. Me quedé allí parado disfrutando de la sensación de vaciarme en ella durante unos instantes.


Los temblores de ella al recibir cada una de mis cálidas descargas me decían que ella también se corría, nuestros jugos se mezclaban dentro de su cueva y esa idea me hacia disfrutar aun mas de aquel instante de placer puro, sin más, sin importarnos nada ni nadie que no fuéramos nosotros.


Los últimos borbotones de mi esperma los acompañé de unas últimas acometidas sobre su sexo, mientras recuperaba el aliento y mientras ella disfrutaba aun de las mieles de su clímax, completamente rígida, cogida a la barandilla para no caerse y con sus pechos meciéndose por fuera de la barandilla.


Su cuerpo tembló una vez mas, sus rodillas fallaron y temió caerse, pero mi sexo aun estaba dentro de ella y mis manos la sujetaban fuertemente por la cintura por lo que la ayude a mantenerse allí.


Con mi polla perdiendo su erección y firmeza, la dirigí de nuevo a la cama y la dejé caer sobre ella. La ayudé a girar sobre ella misma y la dejé boca arriba. Me coloque a su lado, acaricié su estómago y la miré. Ella, aun con los ojos cerrados, disfrutaba de los últimos efluvios de su clímax, remojándose los labios con la lengua y recuperando lentamente la normalidad de su respiración.


Acaricié su monte de Venus y de nuevo tembló al paso de mis dedos. Su entrepierna estaba encharcada de sus flujos, toda ella humedecida por la cantidad de jugo que había destilado su sexo durante nuestro encuentro sexual.


- “No por favor, déjame descansar un poco” me pidió vehementemente.


De un golpe y por sorpresa, la penetré con dos dedos. Chilló de nuevo de placer. Los moví en circulo dentro de ella. Su cuerpo se precipitó entonces en una serie de temblores. Los retiré con calma de esa caricia íntima.


- “Abre la boca”. Le dije.


Obediente, con los ojos aun cerrados, abrió su boca y deslicé dentro de ella aquellos dos dedos impregnados de mi esperma y su flujo. Sus labios se cernieron sobre ellos y los chupó con ansia, torpemente debido a su respiración aun irregular. Su lengua recorrió mis dedos y cuando empece a sacarlos aprovechó para succionar lo poco que podía habersele escapado.


La observé allí tirada, desnuda, sudorosa, aun temblando por el placer, con sus pezones henchidos, oscuros y duros, con sus piernas cerradas, intentando evitar que el éxtasis se escapara de su interior, con su piel ardiendo por la intensidad de las corrientes eléctricas que habían recorrido su cuerpo, con su rostro encendido por el placer, con su pelo alborotado y sus ojos cerrados.


La besé dulcemente y al retirarme de ella le susurre “La próxima vez sera en una playa”.


Sus ojos se abrieron completamente, mirándome con vicio, con ansia, con deseo, con sorpresa, con anhelo, con miedo.

Placer humedo

Cuando el algodón de la toalla recorre su cuerpo, Nieves rememora todos y cada uno de los momentos experimentados. Su mente la transporta al momento de entrar en aquel jacuzzi.


La sensación que el agua caliente y burbujeante le transmite, hace que su piel se erice. Siente como todas sus preocupaciones van escapando al ritmo que va sumergiéndose. Cuando la linea del agua llega a su entrepierna, no puede evitar que un ligero estremecimiento recorra su cuerpo. Un estremecimiento que la excita, que hace que sus pezones se hinchen dentro de la cazoleta del bikini. Cuando termina de entrar en el jacuzzi el agua le llega por encima del ombligo. Con los ojos cerrados, para aumentar la placentera caricia del agua, se deja zambullir lentamente hasta que el agua cubre sus hombros.


Se sumerge después por completo liberándose así de todas las tensiones y abandonándose a la sensación de aislamiento sensorial que produce aquel baño. Cuando despierta de su ensimismamiento, el hidromasaje ha terminado. Una ligera decepción cruza su estado de animo, pero la desecha de inmediato pensando en volver a activar el mecanismo de burbujeo. Cuando se decide a hacerlo, una voz masculina le libera de hacerlo.

- “No te preocupes que ya lo activo yo”.


Cuando alza la vista, ante ella se encuentra un hombre, vestido con un bañador de nadador, alto, moreno, algo pasado de kilos pero de espaldas anchas, brazos fuertes, sin vello corporal, calvo y con una perilla entrecanosa que le indica que ya bastantes años han peinado.


Entra seguro y decidido al jacuzzi, se gira sobre él mismo y acciona el botón de encendido. Un borboteo resuena de fondo y de nuevo el agua del jacuzzi comienza a burbujear.


Nieves se deja recostar sobre el borde del jacuzzi y se abandona a la paz de aquel baño. Sus ojos se cierran, su cuerpo se relaja y sus manos caen a los lados de su cuerpo. Un momento después, el ruido del mundo fuera de aquel jacuzzi desaparece y por fin, se relaja completamente, disfrutando de aquel instante de calma, de aquel momento sin que su vida cotidiana la obligue a hacer nada.


El agua acaricia su piel, arrancando con ello el estres y las preocupaciones del día a día. La caricia del agua comienza a ser mas profunda, algunas burbujas recorren el interior de sus muslos y ascienden rozando la tela del bikini, su sexo se hincha ligeramente por la excitación de esa caricia imprevista y su pecho se dilata imperceptiblemente para aumentar el flujo de aire.


Se deja llevar por aquella caricia natural y separa un poco sus piernas para facilitar la trayectoria de las burbujas. Estas aumentan en cantidad y en velocidad por aquel canal que Nieves ha abierto, provocandole un mayor rozamiento. Sus caderas se acomodan involuntariamente para tener mas control sobre aquella excitante columna de aire.


Su cuerpo reacciona a los estímulos y sus piernas comienzan a transmitirle el suave tacto del agua, la calidez que la envuelve, el toque de un millón de burbujas estrellándose y resbalando por su piel. Pero es su muslo izquierdo el que le transmite la mejor caricia. Allí la intensidad del roce, el calor que produce, el placer que experimenta se asemeja muchísimo a una caricia de verdad. No puede evitar mojar sus labios y gemir, pero intenta hacerlo lo mas bajo posible, para evitar que nadie advierta lo que aquel hidromasaje le esta provocando.


La caricia asciende por su muslo lenta pero constante. Siente como su piel se rinde al contacto con aquel torrente de aire que dibuja formas caprichosas sobre su piel. “¿Como?”, piensa Nieves. Lo súbito de su pensamiento se traduce en que su cuerpo se tensa y su mente se enfoca casi completamente en su muslo izquierdo donde descubre que no son burbujas de aire acariciando su piel, sino la yema de un dedo que acaricia muy suavemente su piel, ascendiendo por él.


Su mente se satura de pensamientos. Por un lado desea abrir los ojos, chillar enfadada ante aquel exceso de confianza, defender su honor y recriminar a aquel desconocido por su actitud lasciva y abusadora. Pero en el otro extremo se descubre complaciente con la caricia, orgullosa de saberse el objeto de deseo de aquel hombre, tan apetecible como para llevarle a acariciarla furtivamente y se siente excitada. Excitada como hace mucho tiempo que no lo sentía, se siente de nuevo atractiva, se siente mujer y dispuesta a ser tratada como tal.


En mitad de aquella dicotomía, decide que sea su cuerpo quien decida y se centra en observar las reacciones de su ser. Siente la respiración agitada, su pecho vibrando al ritmo de su respiración, su sexo comenzando a calentarse y a destilar sus flujos. Se descubre de nuevo como aquella adolescente que empezaba a descubrir su cuerpo y los placeres que las caricias le transmitían y deja su mente vagar en una sucesión de rápidas imágenes que le mostraban lo que su sexualidad anhelaba.


Cuando toma la decisión de dejarle hacer un poco mas. Descubre que los dedos de él ya rozan la tela del bikini en la entrepierna y se asombra al reconocer que ha separado sus piernas, ayudando y dando su permiso para ser tocada.


Ansiosa, espera el momento en que sus dedos esquiven la tela y por fin entren en contacto con su sexo. Cuando el dedo pulgar de aquel desconocido se cuela por debajo del bikini y acaricia su sexo en sentido ascendente, su cuerpo se arquea presa del placer. Cuando abre sus ojos, allí esta su cara, mirándola profundamente, con el deseo carnal escrito en su mirada. Quiere decirle un millón de cosas, pero como si le leyera el pensamiento es él quien habla de nuevo, pero esta vez es apenas un susurro, directo a su oido.

- “No digas nada preciosa. Deja que tu cuerpo hable por ti. Tu solo disfruta.”


Su voz suena tranquila, domina la situación y hace que ella se deje llevar por su deseo. Sus dedos apartan con maestría la tela del bikini y ahora siente como el agua acaricia su vulva completamente, provocandole un millón de pequeñas descargas eléctricas que ascienden por su columna y bombardean su mente con oleadas de placer. Siente como los dedos de él separan delicadamente sus labios mayores y como su dedo corazón busca el contacto con su clítoris.


Este aparece henchido y dispuesto a recibir aquel tratamiento. Lo acaricia con calma, con delicadeza, con mimo, aumentando su sensibilidad lentamente, pero sin detenerse. El aire comienza a faltarle a Nieves, pero no quiere parar, le esta gustando. Cuando comienza a ascender por la pendiente del clímax, en pos de la cima, su mano no puede permanecer por mas tiempo quieta y se aferra al tenso antebrazo de su masturbador.


De repente, él retira su mano, interrumpiendo su caricia y cortando el orgasmo que comenzaba a aflorar en su sexo. La rabia por aquella interrupción la hizo resoplar y comenzó a suplicarle.

    • No pares, por favor, no pares”, le dijo en voz baja.

    • Tranquila preciosa, esto aun no ha acabado”, la tranquilizó él.


No había terminado de hablar cuando dos de sus dedos la penetraron de golpe. La sorpresa del movimiento, la fuerza de su entrada en ella, la facilidad con la que, gracias a su propia lubricación, la habían penetrado, hizo que sus protestas se acallaran de inmediato.


Tan pronto como sintió por completo dentro de ella sus dedos, él comenzó a follarla. Primero entraba completamente en ella, despacio, dejando que sintiera como su coñito los tragaba completamente. Después los dejaba dentro de ella y batía su interior con ellos, haciendo que el placer se expandiera por todo su cuerpo. Luego los retiraba con mucha calma, recreándose en el roce de sus labios sobre la piel. No tardó en acelerar su masturbación y se encontró de nuevo gimiendo rítmicamente con sus dedos.


De nuevo se acercaba al orgasmo.


Atrajo hacia ella el cuerpo de él y clavó sus dientes en el hombro desnudo para evitar que un grito de éxtasis se pudiera escapar y delatar a todos los presentes lo que estaba ocurriendo allí.


Fue entonces cuando el desconocido giró su muñeca y Nieves se sobresaltó al sentir que mientras aquellos dedos continuaban dentro de ella, completamente enterrados en su sexo, el pulgar presionaba sobre su clítoris. Sus piernas se cerraron como un cepo, por la sorpresa de aquel movimiento. Pero él no estaba dispuesto a aflojar y comenzó a mover frenéticamente su muñeca contra su sexo.


Los dedos que la penetraban rozaban las paredes interiores de su sexo y entraban y salían de ella apenas unos milímetros, pero suficiente para hacerla llegar hasta el éxtasis, y con aquel movimiento, su pulgar martirizaba su clítoris, lo estimulaba salvajemente, la presión que ejercía sobre él rozaba el daño físico, pero la sensación la volvía loca.


Cuando por fin llego el orgasmo, Nieves se dejó ir. Clavó aun mas los dientes mientras descargaba la intensidad de aquel orgasmo en un grito potente y continuado contra la piel de aquel desconocido. Sus manos se aferraron al brazo que acababa de regalarle aquel clímax y sus uñas se clavaron en él, quedando, seguramente, marcadas. Su piernas se tensaron por completo y su cuerpo se quedo rígido, arqueándose sobre aquella mano que aun se movía, cada vez mas despacio. Se movía aunque todo su cuerpo descansaba sobre ella, pero para el no parecía suponer un problema moverla por completo.


Cuando dejó de mover su muñeca, Nieves se decepcionó ligeramente, pues su clímax acababa de terminar y comenzaba una nueva ascensión en busca de otro. Fue tanto así que su cuerpo, sin orden por su parte comenzó a moverse, buscando imitar las caricias de aquel desconocido.


El separó con firmeza su mano, desalojando su interior. Nieves gimió suplicante.


Pero él la cogió con un solo brazo por la cintura y la sentó encima de él. Nieves sentía su duro miembro en su entrepierna, se movía buscando su ruta hasta su sexo. La excitación, de nuevo, se apoderaba de ella y aunque jamas había pensado en llegar hasta esto, dejo que sus piernas se fueran abriendo y deslizándose por los lados de las de él. Cuando terminó de sentarse encima de él, su polla golpeó la vulva, hinchada y sonrosada por el placer recién experimentado.


El deslizó sus manos por sus glúteos y la izó ligeramente. No hacían falta mas indicaciones. Nieves asió por primera vez aquel miembro y lo sopesó, notando su grosor, su dureza, las venas que surcaban aquella piel tensa y suave. Apoyó su glande en la entrada de su sexo y esperó. Pareció una eternidad lo que tardó aquel desconocido en decidirse a dejarla caer. Pero cuando lo hizo, sintió como aquel ariete de carne ardiente, la atravesaba por completo. Su sexo se abría ante el tamaño de aquel pene. Y cuando llegó hasta abajo se sintió empalada en él.


No tardó mucho el desconocido en comenzar de nuevo a jugar con ella. Empujándola por las nalgas, la hacia subir y bajar por su falo. El placer recorría su cuerpo al tiempo que aquella polla taladraba su sexo. Nieves se sentía llena, colmada, completa, al notar como aquella lanza de carne de hombre llenaba su interior, hasta el ultimo recoveco y la hacia disfrutar del sexo inesperado.


Sus manos hasta entonces inactivas, cobraron vida y se apoderaron de sus propios senos. Los estrujó con fuerza, los amasó, los sopesó y por fin, se dedicó a los pezones. Los pellizcaba dulcemente, para después apretarlos con todas las fuerzas de las que era capaz. El placer iba y venia en ellos, haciendo que aquella follada, fuera aun mas intensa. Se mordía los labios en un intento por evitar chillar de placer, aunque a estas alturas tampoco le importaba mucho lo que pudiera pasar fuera de aquel jacuzzi. Se sentía plena, sexy, mujer. Tras mucho tiempo, volvía a sentirse deseable, salvaje, loca de deseo.


El desconocido rodeo su cintura con el brazo izquierdo y comenzó entonces a follarla de golpe. La izaba sin problemas sobre su sexo y después la ensartaba de un empellón hasta el fondo. El placer que sentía Nieves era indescriptible. Con cada nuevo empellón, parecía que entraba en ella un poco mas.


No tardaría mucho en volver a correrse y esta vez no podría evitar chillar de placer. Pero el desconocido parecía tener otros planes. Con su mano libre buscó de nuevo su clítoris y sin dejar de penetrarla fuertemente comenzó a masturbarla al mismo tiempo. Aquello era demasiado para Nieves y no pudo contenerse mas.


Su cuerpo se lanzo en pos del ansiado orgasmo, provocandole un millar de espasmos. El desconocido luchaba, ahora contra todo su cuerpo, por mantener el ritmo de sus acometidas y el roce sobre su botoncito.


Nieves tuvo que moverse con fuerza un dedo, cuando el orgasmo la alcanzó salvaje e intenso. Su cuerpo tensó cada uno de sus músculos y sintió como se vaciaba en aquella polla que la penetraba. Los espasmos que le provocaba el orgasmo, hacían que nuevas descargas de placer atravesaran su columna, quemandole, entrecortando su respiración y nublando su mente, dejando solo el placer que aquella follada le estaba proporcionado.


El desconocido salio de ella con dulzura, depositandola de nuevo en su asiento y besándola tiernamente en los labios, que aun luchaban por recuperar su aliento.


Nieves cerró los ojos para disfrutar de los últimos coletazos de su orgasmo y se dejo llevar en un sopor de éxtasis y disfrute. Cuando de nuevo recupero su ser, no podía decir cuanto tiempo había pasado desde su orgasmo, pero allí no había nadie.


Por un momento dudó de su cordura.


Pero cuando acarició su sexo, supo que había ocurrido. O tal vez había sido ella misma la que se había regalado un orgasmo, solo con el roce de las burbujas y ayudada por su imaginación.


Se levantó, no sin esfuerzo y se dirigió hacia las duchas para arreglarse antes de irse. De camino hacia ellas pensaba en lo bien que habría estado de ser cierto, pero que sin duda, aquello quería decir que su cuerpo le pedía que de nuevo fuera una mujer. Decidió complacerle y también decidió que aquella noche volvería a masturbarse en su cama, recordando aquel jacuzzi.


Cuando accedió a las duchas lo primero que hizo fue desnudarse. Su sexo aun húmedo por el orgasmo, estaba hinchado y sensible. Cuando se puso delante del espejo, su cuerpo dio un respingo. En la imagen que le devolvía el espejo, por la cara interna de sus muslos, escurrían dos chorretones de liquido blanquecino, espeso y grumoso que salia de su vulva.