Bienvenida

¿QUE ES “Los bajos fondos de Mordor”?

Sintiéndolo mucho por la extensa legión de seguidores de Tolkien (entre los cuales me incluyo) no tiene nada que ver con la Tierra Media, ni con las leyendas élficas, ni de ninguna otra raza. Para mí son todas aquellas actitudes que secretamente muchísimos de nosotros tenemos guardadas dentro.

Esos deseos “oscuros” que jamás contamos a nuestros amigos, esos anhelos “extraños” que no podemos dejar salir por el miedo al que dirán, todas aquellas cosas que nos gustaría hacer pero que nunca llevaremos a cabo por que las personas “normales” jamás las hacen. El objetivo de este blog es intentar sacar a relucir todos esos pensamientos, comentarlos, mejorarlos y quien sabe, a lo mejor así ver que no somos tan “raros”.

Por todo lo anteriormente expuesto os pido vuestra colaboración y vuestra ayuda, a través de vuestra lectura, vuestros comentarios, vuestras aportaciones, si os apetece.

Al mismo tiempo aprovechar estas pocas líneas para agradeceros el tiempo y el esfuerzo que ello os pueda suponer, sabiendo siempre que cualquier colaboración, por pequeña e insignificante que pueda parecer, puede ser la clave para encontrar ese atisbo de normalidad que todos buscamos en lo que hacemos y deseamos para que nuestra vida y nuestra mente estén a gusto con ello.


Una y mil veces gracias.

Los bajos fondos de Mordor 2.0

LOS BAJOS FONDOS DE MORDOR 2.0

¿Que significa esto?

Pues es bastante sencillo. Quiero creer que es una mejora del estilo del blog, de los relatos en sí, de mi manera de expresarme y de mi deseo de una mayor calidad de todo el conjunto.

¿Son nuevos los relatos?

No. Básicamente son los mismos relatos pero, según mi modesta opinión, más evolucionados. Hace ya más de 4 años que tengo este blog, 4 años de experiencia, que en virtud de las creencias populares, mejoran al escritor tanto como al escrito. He cambiado algunas formulas, algunas palabras y detalles pues las circunstancias personales afectan a lo que se escribe y he intentado hacer éstos, mis relatos, más intemporales, más genéricos.

¿Los comentarios que hicimos a los anteriores relatos?

Los he guardado para mí. Al ser nuevos relatos, me ha parecido lo mas adecuado. Agradeceré enormemente cualquier nuevo comentario que podáis aportar a este blog.

¿Las colaboraciones también han cambiado?

He enviado a los colaboradores que colgaron sus relatos en mi blog, una propuesta de modificación. Puede que alguno cambie, pero no dependerá de mi, sino de su autor.


Espero que con estas 4 sencillas preguntas y respuestas haya aclarado la nueva versión del blog que encontrareis a continuación.


Un saludo a todos y espero veros pronto por estas paginas.


Mostrando entradas con la etiqueta Sexo en el trabajo. Mostrar todas las entradas
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La cocina


Cuando llegué a la cocina allí estaba ella. De espaldas a mí, inclinada ligeramente sobre el fregadero, se encargaba de los cacharros de la cena.


Su cuerpo se movía al ritmo de sus manos. Su culo, grande y apenas tapado por aquellas braguitas blancas, vibraba por la intensidad con la que frotaba un plato. Me imaginaba sus pechos, colgando dentro de la camiseta, moviéndose como flanes. Todo aquello encendía en mí la llama del deseo.


Pero había algo más. Nuestra relación había tenido sus altibajos, como todas. Momentos épicos de felicidad y algunos terribles, pero lo habíamos superado y allí estábamos. Ella fregando, descuidada y sin haberse percatado de mi presencia, yo recién levantado, desnudo y con la excitación hinchando mi sexo.


Avancé sigilosamente hasta colocarme detrás de ella, la rodeé con mis brazos por su cintura y me apreté contra ella con fuerza. Mis labios buscaron su nuca. La besé con calma, con dulzura, hasta que un ligero gemido se escapó de su boca. Fue entonces cuando mis dientes ocuparon el sitio de mis labios y le mordí la nuca con ansia.


Le di entonces la vuelta, María intentó decir algo, pero sellé sus labios con un beso. Un ósculo dulce, lento, húmedo y suave. Nuestros labios acompasados se rozaban con ternura. Nuestras lenguas se asomaban tímidamente, rozándose apenas una contra otra, mientras mis manos recorrían su espalda, pegando contra mi pecho el suyo. Podía sentir a través de la tela de aquella camiseta vieja como su cuerpo aumentaba de temperatura, como sus pezones se iban erizando sobre sus senos y se clavaban en mi torso.


Sus manos cayeron hasta mis nalgas y presionó con fuerza contra ella. Sentiría, sin duda, la dureza de mi deseo, mi sexo completamente henchido de sangre. Como yo podía sentir la humedad que sus braguitas iban absorbiendo de su sexo.


Aproveché entonces para girarla y llevarla contra la mesa de la cocina. Cuando su culo chocó contra el tablero, un suspiro se derramó en mi boca directamente. Tiré entonces de su camiseta hacia arriba, sacándosela por la cabeza y dejando caer aquel trozo de tela inútil a un lado. Sus pezones aparecieron ante mis ojos, oscuros, hinchados, desafiantes. Agarré con ambas manos sus senos y los sopesé tranquilamente. Maria me miraba entregada y excitada, me encanta jugar con sus pechos. Pase con lentitud mi lengua por cada uno de sus pezones, sintiendo en ella la dureza de su excitación, el temblor de su cuerpo por el placer que le proporcionaban aquellas húmedas caricias. Besé con suavidad sus aureolas, teniendo cuidado de dejar su pezón atrapado entre mis labios y poder así chuparlo con deleite. María me agarró entonces del pelo y presionó ligeramente mi cabeza contra su pecho.


No tardé en comprender sus anhelos. Mordí ligeramente sus pezones mientras con la punta de mi lengua rozaba la cima de sus pezones.


El aire se llenó de los gemidos de Maria, de mi respiración entrecortada, del olor de su sexo, del calor de nuestros cuerpos.


Me deje caer delante de ella, hasta quedar arrodillado a sus pies. Hundí mi nariz en su entrepierna y me embriague con el aroma de su excitación. Sus braguitas estaban húmedas y calientes, como nosotros. Mordí su pubis por encima de la ropa interior. Su cuerpo temblaba cada vez más al contacto con mis dientes. Atrapé la tira de sus braguitas con mis dientes y tiré de ella con fuerza hacia abajo, dejando por fin a la vista su sexo. Estaba hinchado, rojo, brillante. Aquella visión encendió aun más mis ganas de ella.


Acomode mi cara entre sus piernas y recorrí su hendidura con mi lengua. Una oleada de sensaciones recorrieron mi mente, el sabor salado de su sexo, la humedad de su entrepierna, la esponjosidad de sus labios mayores, la dureza de su abultado clítoris, el ardor de su piel. Gemía cada vez más fuerte al tiempo que mi lengua acariciaba su clítoris, separaba sus labios con ella y absorbía cuanto podía de su esencia.


Cogiéndome por el pelo me empujó contra ella. Sus caderas comenzaron entonces a moverse rítmicamente, ayudando a las caricias de mi lengua. Aumentaba el ritmo a la par que la intensidad de sus gemidos. De repente se desbocó. Como si de una potranca salvaje al galope se tratara, su cuerpo se lanzó a un frenesí de vaivenes sobre mi lengua que desembocó en un grito de éxtasis, en su cuerpo rígido por un instante contra mi cara, para soltarse a continuación en un orgasmo intenso y lúbrico. Temblaba espasmódica, gimiendo fuertemente, descargando en mi lengua una oleada de su flujo que impregnaba mi cara y recogía con mi lengua. Un néctar salado y ardiente que alimentaba mi cuerpo, mi mente y mi deseo por ella.


Cuando su cuerpo se relajó, subí de nuevo hasta su boca y compartí con ella el sabor de su placer, la humedad de nuestros deseos y nuestra entrega mutua.


Las manos de Maria bajaron entonces hasta mi sexo. Lo agarró con fuerza. Lo súbito de aquella caricia aumento mi excitación. Pero no era mi día, era el suyo. Le susurre al oído que me dejara a mí, que hoy era para ella, que aquello era mi regalo para ella, que quería entregarme a ella.


La senté encima de la mesa. Separé sus piernas con mi cuerpo. Cogí mi henchido miembro y recorrí con él la hendidura de su entrepierna varias veces, separando sus labios con mi glande, rozando apenas su clítoris, sintiendo con su cuerpo temblaba al contacto con su botoncito, humedeciendo la tensa piel de mi capullo con su flujo, mientras miraba a Maria directamente a los ojos.


Coloque mi verga en la entrada de su coñito y la solté. Cogí entonces la cara de Maria con mis manos y la acerqué hacia mí. Me fundí de nuevo en un beso profundo e intenso con ella, su cuerpo se movía buscando que la penetrara. Acompañé sus movimientos para no perder la colocación y para impedir que sus ganas estropearan el momento. Cuando su cuerpo se dio por vencido y dejó de moverse, me solté de sus labios y clavando mi mirada en sus ojos, con un golpe de caderas me hundí en ella.


La sensación de aquella penetración fue increíble. Su sexo se abría al paso de mi glande. La humedad de su interior ayudaba a mi verga a penetrar en ella con una caricia suave y resbaladiza, el ardor de su interior abrasaba la piel de mi polla, sus ojos se cerraron y su boca se abrió para emitir un gemido profundo y prolongado que acompaño toda la penetración, hasta que mi pubis chocó contra su entrepierna.


Maria se abrazó a mi cuello y yo aproveché para volver a besarla. Nuestros labios peleaban por besarse, por no separarse aun cuando no podíamos acallar nuestros gemidos y así fuimos aumentando la intensidad de nuestro beso, de nuestros gemidos y del movimiento de nuestros cuerpos.


Nos fundimos en un solo ser, un ser que se movía lentamente, disfrutando de cada milímetro de penetración, de cada caricia, de cada beso. Nuestros cuerpos se lanzaron en pos del otro entregándonos sin cortapisas. No existía nada que no fuéramos nosotros y no nos importaba nada que no fuéramos nosotros.


Maria comenzó entonces a licuarse en una serie de orgasmos que llenaban el aire de sus gemidos, mi boca de su placer y su sexo de más flujo. Su cuerpo temblaba violentamente presa del éxtasis.


Los espasmos que recorrían su cuerpo se trasmitían a mi miembro aumentando mi placer y haciendo cada vez más difícil controlarme. Mi orgasmo llamaba insistentemente a la puerta.


Cuando Maria se vació en un nuevo orgasmo, me descargué en ella.


Solo entonces nos separamos. Gritando de placer ambos dos, mirándonos fijamente, tensando nuestros cuerpos como un arco, nos vinimos los dos a la vez.


Su sexo se llenó entonces de su flujo y de mi semen. Descargué en su interior mi hombría, cálida, espesa y abundante. Con cada nueva enculada un borbotón de mi esperma se descargaba en su interior. Mezclándose con sus flujos. Los temblores de Maria y los míos terminaban de ordeñar mi sexo, mientras nuestras bocas de nuevo se enlazaban en un beso, esta vez salvaje y lubrico que nos impedía recuperar la respiración agitada por el clímax alcanzado pero que decía a las claras lo que ambos sentíamos en aquel instante.


Poco a poco mi sexo fue saliendo del abrazo de su coñito, hasta que se escapó fruto de la falta de erección y de la lúbrica humedad de Maria. Terminamos entonces de besarnos y nos quedamos frente a frente, mirándonos sin saber muy bien que decir, sudorosos, agitados, cansados, felices, contentos.



El parking. Colaboración de Cariguay

Aquella noche era algo especial. Habíamos quedado para pasar la noche juntos en un pub liberal, iba a ser mi primera experiencia al respecto. Los nervios, la intriga, el deseo, la duda, la lujuria, el valor y el miedo, peleaban en mí por dominar mi mente.


Pero antes debía de ir a buscarle a su trabajo. Esa noche trabajaba de vigilante en el parking de un edificio habitado.


Estuvimos hablando allí un buen rato evitando caer en la tentación de adelantarnos a los acontecimientos. Haciéndonos comentarios picantes, subidos de tono, pero con mucho cuidado de no ir mas allá, pues ambos sabíamos lo que de verdad deseábamos y aunque era difícil resistirse, más duro nos parecía no aprovechar aquella oportunidad y al final caímos.


Para mí fue el más corto pero el más intenso de nuestros encuentros sexuales. El morbo de estar en su trabajo, el peligro de ser descubiertos, la clandestinidad de nuestra relación, la química sexual que nos unía, hicieron amplificarse las sensaciones que disfrutamos en aquel parking.


Nos dirigimos a las escaleras de acceso a las viviendas y allí fue donde empezó todo. Empezamos a besarnos y a desnudarnos poco a poco. Nuestras manos recorrían los cuerpos, que tanto conocíamos, buscando los puntos más sensibles. Regalando las caricias exactas para el efecto deseado, pero si algo nos inflamaba aquella noche puede ser que fuera el morbo de que nos pudieran pillar y eso lo hacia aun más excitante.


Empecé a lamer sus pezones, para intensificar la pasión, algo que le vuelve loco. Poco a poco fui bajando, arrastrando mi lengua por su cuerpo, hasta llegar a su polla, que henchida y caliente esperaba la caricia de mis labios. Deseaba entregarle una mamada de infarto. Se la chupaba como una loca por que cada vez me encontraba más cachonda. El peligro de estar en aquellas escaleras, de rodillas delante de él, con sus pantalones en las rodillas, su polla completamente enterrada en mi boca, mis pechos liberados de la ropa, los pezones duros por la excitación, hacia que mis labios recorrieran su miembro con rapidez e intensidad.


El tampoco aguantó mucho mi felación. Me incorporo cogida por los hombros. Sus dedos se marcaron en mi piel por la fuerza de su agarre, provocada sin lugar a dudas por las caricias de mis labios y de mi lengua. Me hizo girar, dándole la espalda, subir un escalón, me dobló hacia delante hasta que pude apoyar las manos en otro escalón delante mía. El espectáculo debía de ser increíble. Mi sexo henchido de deseo, palpitante de excitación, brillante por los jugos que destilaba únicamente pensando en que me penetrara. Paso su mano por mi vulva, lentamente, haciéndome sufrir, gemir de impaciencia, separando mis labios mayores y dejando vía libre a su miembro.


Me la metió hasta el fondo. Como a mí me gusta, de un solo golpe, sin dulzura, salvaje.


Una y otra vez entraba en mí y volvía a salir, cada vez más deprisa y cada vez más fuerte. Yo intentaba no chillar, pero no podía evitarlo, cada vez llegaba más dentro de mí. Su pelvis chocaba con mis glúteos haciendo vibrar todo mi cuerpo como si fuera un flan. Apenas conseguía mantener la postura. Él, aferrado a mis caderas me bombeaba salvajemente.


Dos orgasmos habían surcado ya mi espalda. Cuando follábamos conseguía encadenarlos. El sabia manejar los ritmos para hacerme correr una y otra vez. Aumentaba súbitamente la velocidad de sus acometidas y cuando el clímax inundaba mi sexo se ralentizaba para dejarme descender lentamente, pero no me dejaba caer del todo. En mitad de la bajada, aceleraba de nuevo en velocidad e intensidad para llevarme de nuevo al paraíso del orgasmo.


Cada vez estábamos más calientes y cada vez me daba más fuerte y más deprisa, una y otra vez. Yo ya no podía más, la mezcla de toda aquella situación, el sonido de nuestros sexo, la fuerza de sus embestidas, sus dedos marcando mi piel, la estrechez de aquella escalera que devolvía en eco nuestros gemidos, el tintineo de sus llaves contra el escalón, todo ello me hacia llegar una y otra vez hasta las puerta del orgasmo, pero el estaba decidido a no dejarme llegar aún, deteniéndose justo cuando mi cuerpo se tensaba fruto del placer que se avecinaba. Si seguía así iba a terminar chillando.


El tampoco aguanto mucho más.


Por su gemido profundo y continuado, supe que cabalgaba en pos de su orgasmo. Me concentre en aquella sensación de plenitud que su polla llenando mi vagina me transmitía y me deje llevar con él. Cuando sentí su semen golpeando el interior de mi coño, me corrí.


Llegamos juntos al orgasmo. Nuestros cuerpos se agitaban por la intensidad de aquel placer, el me penetraba espasmódicamente, descargando con cada envite una nueva andanada de esperma en mi, yo temblaba fruto del placer que me proporcionaba con sus ultimas penetraciones. El clímax mutuo desmadejaba nuestros cuerpos y nuestras mentes. El orgasmo perlaba nuestros cuerpos de sudor.


Me incorporé y me me encaré con él. Nos fundimos en un beso intenso y apasionado, sintiendo toda la fuerza de nuestro éxtasis, la respiración entrecortada que nos obligaba a separar los labios apenas unos instantes y nos miramos a los ojos.


Directamente, sin ambigüedades, sin temor, con nuestro disfrute como único objetivo. Nos perdimos en la mirada del otro, haciéndonos desear, más aun, llegar al destino. Poder de esa manera liberar nuestros anhelos, nuestra sensualidad y la sexualidad que ambos acumulábamos tras este intenso encuentro.


Cariguay.




La fiesta

Durante toda la noche, nuestras miradas indiscretas se cruzan, dedicándonos a un juego más arriesgado y más placentero. Coqueteamos, provocándonos con unos ligeros roces, con unas caricias escondidas, con besos casi robados.


La música nos mece y continuamos con aquel entretenimiento buscando cumplir su misión de ir cansando al personal. El calorcito del verano en Alicante va sacudiendo a la gente y eso anima a beber. Si bien nuestra aventura secreta debe continuar oculta, al ritmo que aumenta el alcohol en nuestras venas, nuestra osadía llega mas allá. Aprovecho cada giro, cada paso de baile, para rozarla, para apoyar contra su cuerpo la dureza de mi deseo, para pegarla a mi cuerpo y sentir contra mi pecho la excitación de sus pezones hinchados, que se marcan a través del tejido de la camiseta y del sujetador. Nuestras miradas, al cruzarse, nos anuncian las ganas de saborearnos, nos prometen caricias intensas, nos gritan el deseo que arde en nosotros.


Disimuladamente nos dirigimos al cuarto de baño. Hay cola para entrar. Cuando el de hombres queda libre, la arrastro conmigo al interior. Me mira con miedo, con ansia, con duda. Atrapo su cabeza entre mis manos y enredo mis dedos en su pelo. Sello sus labios con los míos y nos besamos ardientemente. Su pierna se enreda en mi cintura y mi pelvis se aprieta contra su bajo vientre. Un gemido se escapa de su boca para colarse por mi garganta. No sin esfuerzo deshago aquel abrazo y la miro completamente entregado a ella, a cuanto deseo que ocurra, a cuanto estoy dispuesto a darle. Salimos del baño. Las miradas de los que esperan fuera no dejan lugar a dudas. Una sonrisa de triunfo asoma en mi rostro. Volvemos hasta la pista, donde nos están esperando.


Cuando por fin nuestros amigos empiezan a desfilar, camino de casa, nosotros vemos la oportunidad de conseguir nuestro objetivo.


Salimos a toda prisa del bar, buscamos mi coche y conduzco hasta una zona en obras, apenas tenemos un par de horas antes de que lleguen los obreros. Mis manos recorren sus piernas. Mi boca ansiosa busca la suya. Nuestras lenguas se lanzan a abrazarse frenéticamente. Mis manos buscan sus pechos, deslizándose por debajo de la camiseta, liberando sus senos de aquella prisión de tela llamada sujetador, buscando ese pezón rebelde que cuando lo pellizcas hace que todo su cuerpo tiemble.


Sus dedos juegan ya con mi hombría, buscando endurecerla todavía más, recorriendo lentamente cada centímetro de su piel, mientras nuestros gemidos se ahogan en la boca del otro. Separándome apenas unos momentos la ayudo a desembarazarse de la camiseta y del sujetador que tiro sobre la bandeja trasera del vehículo.


Reclino su asiento completamente y la llevo hacia la parte superior de éste. Tiro con fuerza de su falda hasta enrollarla completamente en su cintura. Ante mí aparecen ahora sus pantys, que deja translucir la tela negra de su tanga. Mi deseo, mi ansia, mi lujuria se dispara y sin ningún recato desgarro sus pantys. El sonido que produce aquella maraña de hilo al romperse es acompañado por un gemido profundo y continuado de ella. Es su tanga el que me obstaculiza el camino en este momento.


Me acerco a su sexo con calma, tranquilo, victorioso. Aparto hacia un lado la tela de su tanga, húmeda de sudor y de excitación. Mi boca entra en contacto con su coñito, que, húmedo, recibe las primeras caricias de mi lengua, deseoso de más, de mejores caricias, de que mis dedos exploren su interior, de que la noche no acabe, de sentirse llena de mi.


Los jugos empapan su entrepierna, corren por sus muslos, por el valle de su culito. Mi piel sabe a ella, mis manos están repletas de ella, mi cara huele a ella. Un olor que me encanta, que me hace enloquecer, que me hace lamer con más fuerza, buscando más profundidad, más gemidos, más placer. Mi lengua golpea con fuerza y rápidamente su clítoris. Hinchado y sensible por la excitación de las caricias recibidas, transmite a su cuerpo una descarga eléctrica que atraviesa su cuerpo y la hace temblar, cada vez que mi lengua acaricia su botoncito del placer.


Con dos dedos, la penetro por sorpresa. La lubricación de su sexo ayuda a la penetración. La calidez de su interior, la lubricidad de coño, el aroma de su sexo, los gritos que llenan el interior de aquel coche, sus manos presionando mi cabeza contra su entrepierna, su cuerpo temblando, me inflaman y me hacen aumentar la velocidad de mi lengua, la fuerza de mi masturbación.


Por fin su orgasmo calma mi sed, mi sed de placer, mi sed de verla gritar, mi sed de gozarla, mi sed de cansarla.


Estoy inflamado de deseo, tanto que apenas puedo contenerme cuando llega el momento de ocupar mi sitio en su coñito. Apunto mi glande a la entrada de su sexo. Guío la cabeza de mi polla a través de su sexo, separando sus labios mayores y menores con ella, acariciando con ella su clítoris, retribuido con un espasmo que tensa su cuerpo y le hace pedirme entre gemidos que la haga mía. Llevo de vuelta mi glande hasta su vagina y entonces de un solo empujón busco llegarle a la garganta, quiero que me sienta lo más adentro posible, quisiera llegar donde nadie más ha llegado, quiero entrar entero en ella. Todo el calor del universo esta dentro de su cuerpo, siento como quiere fundir el falo de carne que le entra dentro.


Sus ojos se abren completamente al sentirse atravesada por aquel trozo de carne dura y cálida. Su sexo se abre al paso de aquel cíclope que se entierra en ella. Su cuerpo se acomoda al mío y comienza una danza que nos lanza en pos del clímax. Mis caderas comienzan entonces a moverse rítmicamente, aumentando progresivamente la velocidad de sus vaivenes. Sus piernas se cruzan en mi espalda y me presionan contra ella, pidiéndome más profundidad, más intensidad, más de mí en su interior.


Nuestras miradas se cruzan, nuestros gemidos se acompasan. Sujeto con fuerza sus muñecas. La beso apasionadamente. Su humedad resbala ahora por mis testículos, cayendo sobre el asiento del coche, un recuerdo de esta noche tan particular.


El orgasmo nos pilla por sorpresa. Su cuerpo se tensa, sus piernas se cierran sobre mi cintura, su espalda se arquea y su pecho se vacía de aire en un grito de placer que exhala en mi cara, justo en el momento en que con un empellón brutal y profundo alcanzo el clímax dentro de ella.


Descargo mi esperma en su interior, a borbotones me vacío en ella, disparo mi esperma ardiente en su sexo, ayudándome con penetraciones rápidas y fuertes. Su cuerpo, irradiando calor, sudoroso, tembloroso, presa de temblores espasmódicos, se desmadeja bajo el peso de mi cuerpo. Sus ojos continúan cerrados, su cuerpo lucha, por conseguir el aire que le falta, con sus propios gemidos.


Abandono la calidez de su interior, mientras la beso dulcemente. Sus brazos rodean mi cuello y hacen más profundo nuestro beso. Con calma ocupamos nuestros sitios en el coche, mientras recomponemos nuestras ropas. Solo nuestra respiración aun agitada por la intensidad del placer obtenido ocupa el espacio sonoro que nos rodea. Las ventanillas del coche están completamente empañadas por nuestra respiración. El habitáculo huele a sexo.


Nos miramos directamente, pensando en qué podemos decirnos, en no estropearlo en este momento.


Me debes unos pantys”, dice, por fin, ella.



 

La amiga de mi mujer


Acudí al gabinete de estética de una amiga de mi mujer, Ainhoa. Era una mujer de 28 años, menuda, con el pelo castaño y largo. Tenía el culo redondo y duro y sobre todo dos tetas enormes, sobresalientes, duras, bien puestas, con unos pezones oscuros y sin casi aureola cuando se excitan. Este es mi punto débil, es ver unas buenas tetas y me pongo malo.


Visitaba su gabinete de vez en cuando para que me diera un masaje Conozco pocas maneras mejores de liberar las tensiones del día a día. Así que allí estaba yo, tumbado boca abajo en la camilla, con la mente en blanco, disfrutando de su buen hacer.


Debido a mi tamaño, los brazos casi colgaban por los lados fuera de la camilla. Los roces se sucedían, pero no les daba importancia. Sus manos estaban hoy llegando a sitios un poco comprometedores, lo que hacia crecer algo en mi.


Allí estaba yo luchando por que aquello no creciera, cuando apoyó su pelvis en mi mano. “No puede ser”, pensaba yo, “es amiga de mi mujer”. Pero la confirmación vino cuando empezó a mover su pelvis. Podía notar un calor latente en ella.


A mi aquello me ponía a mil, una amiga de mi mujer, en su gabinete, que más se podía pedir.


- “Date la vuelta, por favor”.


Ahora sus manos trabajan sobre la parte delantera de mi cuerpo, mis piernas, muslos, abdomen. Como en anteriores ocasiones, cuando está a punto de terminar con el masaje, yo me preparo para mi minisiesta, mientras ella acaba con la parte superior. Así que allí estoy, acostado en la camilla con mis manos en la nuca, cuando ella continua con el masaje del pecho pero desde mi cabeza, aunque mi sorpresa es notar como sus dos colosales tetas golpean mi cara. Aquí ya no hay equivocación posible, así que mi boca busca su pezón derecho a través de la bata.


Mis manos salen despedidas, una hacia su pecho y la otra hacia su coño. Ella, mientras tanto, desata la toalla que ciñe mi cintura y comienza a acariciarme el miembro. Entonces cambia de lugar y empieza una mamada suave, intercalándola con una paja sublime y un masaje de huevos que ríete tú de la mamada.


- “Voy a correrme”, la aviso, aguantando el gemido que quería salir de mi interior.


Pero por toda respuesta obtengo la aceleración de la mamada y cuando llega mi corrida, la engulle toda, degustando y saboreando toda la andanada de ardiente esperma que le echo en la garganta y continúa chupando y lamiendo hasta dejarme la polla limpia como la patena.


Entonces me bajo de la camilla, la subo en ella, la tumbo, me deshago de la bata, descubriendo por fin su cuerpo, su pecho, su vientre y el depilado monte de Venus que precede a un coñito sonrosado, húmedo y brillante de jugos.


Levanto y separo sus piernas, enterrando mi cara en su coñito, chupando sus jugos, sorbiéndole el clítoris, hundiendo mi lengua hasta el fondo, oliendo e impregnándome de sus jugos. Al tiempo mis manos se han apoderado de sus pezones, los cuales pellizco, estiro, retuerzo y acaricio.


Ella gime, se retuerce, tiembla ante cada acometida de mi lengua, me aprieta la cara contra su coño, quiere mis caricias mas profundas, esta a punto de venirse, entonces:


- “Siiiiiiiiiiiiiiiiiii..........me corro, me corro, ahhhhh”.


Como me enseñaron a ser agradecido, continuo lamiendo aquel coñito para dejarlo limpio de su corrida. Cada vez que mi lengua toca su clítoris, es como si le dieran una descarga eléctrica. Cuando esta un poco más repuesta empieza de nuevo gemir, es mi oportunidad de ver como se balancean esas tetas al ritmo de mis pollazos.


Mi glande esta en la entrada de su cueva, aprieto un poco y empieza a entrar milímetro a milímetro, qué suave, qué húmedo, qué calentito. Por fin tras lo que parece un siglo, la tengo toda dentro, entonces... Zas, el timbre. No quiero salirme, quiero follarla hasta reventarla, pero ella me pide que pare, se separa de mí, se viste y me pide que me vaya.


Como no hay mas que rascar, me voy con el calentón.


Trabajo como vigilante en un parking, así que por la noche, me pongo a repasar lo ocurrido mentalmente. A las once me llama por teléfono Ainhoa, esta muy abatida y necesita hablar conmigo, le digo donde estoy trabajando y queda en venir en una hora.


Cuando llega todo son disculpas, que si tu mujer es mi amiga, que si se encontraba sola, que si cree que su marido la engaña y así continuamos hablando sobre lo ocurrido, yo la hago creer que también fue un error por mi parte, no me interesa que mi mujer se entere. Y así durante una hora. Con todo aclarado y ya mas tranquilos los dos le pregunto:


- “¿Pero porque no llevabas hoy ropa interior?”.


- “Porque hoy tenia ganas de echarte un polvo, por eso anule la siguiente cita”, respondió.


- “O sea, que si no llegan a llamar...”, conjeture.


- “Menos mal, por que si no, no podría volver a miraros a la cara”. aseguro ella.


Tensemos un poco más la cuerda”, pensé.


- “¿Y por qué yo?, si no es mucha indiscreción”, y aquí vino el jarro de agua fría.


- “He visto tus fotos en una pagina web. Te reconocí por el tatuaje del pecho. Estaba buscando desquitarme con una aventura y pensé que ya que te conocía y había confianza, a lo mejor, podías... Acabar lo que empezaste antes”, dijo, dejando caer su abrigo al suelo.


Entonces sí pude contemplarla en su esplendor. Camisa blanca, lo suficientemente transparente para apreciar que no llevaba sujetador y que sus pezones pedían guerra, minifalda plisada, medias con dibujo y tacones. Ver esto, empujarla contra la pared, besarla y liberar sus pechos del cautiverio de la camisa, fue todo uno.


Como besaba. Su lengua se fundía con la mía. Empecé a estrujar sus tetas, mientras mi boca buscaba ya su cuello.


- “Dámela, dame tu rabo, que antes me quede con ganas de que me llenaras entera”. Me pidió gimiendo.


Así que dicho y hecho, la empujé contra la mesa, la senté en ella, me solté el pantalón y lo dejé caer al suelo. Le subí la falda y llevaba solo el liguero, así que allí mismo y sin contemplaciones, la penetré hasta que mis cojones hicieron tope, ya no gemía, gritaba, tanto que tuve que ponerle la mano en la boca. Allí estábamos follando como si el mundo se fuera a acabar, la tumbé del todo en la mesa y pude recrear mi vista en como sus enormes cántaros vibraban con cada pollazo, con mi mano izquierda le estrujaba las tetas o bien me dedicaba a los pezones, mientras con mi mano derecha le restregaba el clítoris, mientras ella, ya fuera de sí, no paraba de decir que se corría.


Tras un rato con este tratamiento, me salí de ella, la baje de la mesa, la puse a cuatro patas en el suelo de la oficina y se la enchufé desde atrás. El chof, chof de mis embestidas me decían que estaba disfrutando y entonces, sin poder aguantar mas me enganche a sus tetas y con un rugido más de animal que de hombre, me corrí, en el mismo instante en que ella chillaba su orgasmo a los cuatro vientos.


Pequeñas convulsiones hacían presa en su cuerpo, mientras parte de sus jugos y los míos escapan de su coñito.


Como pude llegué a la silla y me senté a, eso si primero le dije que me dejara la polla reluciente, cosa que hizo. Nos besamos y nos despedimos, pero cuando salia en su coche, bajó un momento la ventanilla.


- “Carlos, Carlos, despierta, que te has dormido”.


Cuando mis ojos se abren, ante mí el blanco techo del gabinete de estética de Ainhoa. Ha sido todo un sueño. Un sueño increíble. Miro a Ainhoa, esta ruborizada, huye mi mirada.


- “Por cierto yo esperaría dos minutos antes de bajarme de la camilla”, dice mirando hacia la pared.


Cuando me incorporo en la camilla entiendo el motivo de aquellas palabras. La toalla marca mi erección.